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Las Estaciones: Cuentos para niños y niñas (Julia de Asensi) - pág.21

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-Sí, señor, les reñimos, les pegamos, les dejamos sin comer, les
encerramos...
-¿Y no habéis probado hablarles con dulzura? [41]
-¿Para qué? Replicó una de ellas; no habían de hacernos caso.
-¡Quién sabe! Habría que intentarlo. ¿Están cerca de aquí?
-Sí, señor, en aquella casa que se ve a la derecha, les hemos dejado
juntos, pero están sujetos a las sillas y no pueden marcharse.
Quiso D. Mario ver a los muchachos y entró con las madres de éstos,
sus sobrinos y los niños en una gran sala del piso bajo de una de las
viviendas que daba de balde a sus guardas.
Los culpables estaban allí a bastante distancia el uno del otro,
atados y sufriendo su castigo de muy distinto modo. León, lleno de rabia,
lloraba a gritos, lanzando imprecaciones por aquella boca que sólo frases
hermosas y sencillas debiera pronunciar.
Jacinto estaba avergonzado, con la cabeza inclinada sobre el pecho,
inundadas de lágrimas las mejillas y sin pronunciar una sola palabra.
A él se acercó primero D. Mario y le preguntó con cariño:
-¿Porqué matas a los pajaritos de Dios? ¿Porqué deshaces los
hormigueros? ¿Te hacen daño las aves o las hormigas? ¿Te molestan en algo?
-No, señor, murmuró el niño.
-Los pájaros, prosiguió el anciano, nos alegran con sus cantos,
destruyen en los campos mil insectos dañinos para nuestras cosechas y las
hormigas son trabajadoras e inofensivas. Infatigables, [42] durante el
verano, llevando a veces pesos muy superiores a sus fuerzas, guardan para
el invierno lo que encuentran ahora en su camino sin que nada las arredre
y dando ejemplo a muchos hombres de laboriosidad. ¿Has pensado tú, alguna
vez en esto?
-No, señor, repitió el niño, no lo sabía siquiera.
-¿Lo haces porque te lo manda tu compañero?
Jacinto guardó silencio no queriendo acusar a su amigo.
El anciano se aproximó después a León, que no cesaba de gritar.
¿Y tú, le preguntó D. Mario, por qué maltratas a los animales? ¿Por
qué tienes tan mal corazón?
-Porque me son antipáticos, respondió el muchacho, y porque puedo


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