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Cocos Y Hadas: Cuentos para niñas y niños (Julia de Asensi) - pág.33

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Gritó
pidiendo auxilio, pero al instante un pañuelo fue puesto sobre su boca
para ahogar su voz y ya no hubo defensa posible para la infeliz criatura.
El caballo iba a galope y Juanito veía al pasar, con vertiginosa
rapidez, los carros cargados de paja que volvían al pueblo, las yuntas
que, terminados los trabajos, iban a encerrar, algunos labradores que se
retiraban a sus hogares; pero todo de lejos y sin que ningún hombre fijase
su atención en él.
A pesar de aquella carrera, el camino le [75] parecía muy largo; al
fin el joven hizo parar el caballo, bajó al niño y, sin soltarle, abrió
una puerta que conducía a un vasto terreno que debió ser jardín en otro
tiempo; le introdujo allí, volvió a cerrar con llave y le dejó solo sin
ocuparse al parecer más de él.
Juanito no pudo contener sus lágrimas al ver las altas tapias que
hacían de aquel paraje una prisión de la que era imposible huir. Anduvo
después largo rato, hasta que rendido se paró en un ángulo del terreno,
donde había un pozo rodeado de jaramagos y florecillas silvestres. Aquel
sitio inculto tenía un misterioso encanto para él.
Llegó la noche, y cansado, sintiendo hambre y sed, se echó no lejos
del pozo y al fin se durmió.
A la mañana siguiente uno de los bandidos, el primero que vio, fue a
despertarle y le obligó a firmar un papel para su padre en el que le decía
que los secuestradores le matarían si no les entregaba quinientos duros
por su rescate.
-Y es la verdad -añadió el hombre-, si no pagan te tiraremos a ese
pozo.
Los labradores en balde buscaron aquel [76] dinero; en tan breve
plazo nadie quería comprarles su casa ni dar nada a préstamo.
Juanito, que no había comido desde el día anterior, sentía
indefinible malestar y a veces le parecía que una nube velaba sus ojos.
Llegó la noche y los bandidos no parecieron.


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