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Cocos Y Hadas: Cuentos para niñas y niños (Julia de Asensi) - pág.29

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las doce, registró la casa y observó todos los rincones, no hubo nada de
particular y llegó a pensar que lo visto la noche anterior había sido un
sueño.
A la siguiente se disponía a echarse en la cama, cuando oyó en la
pieza de arriba ligero rumor de pasos. [66]
-¿Será algún gato? -se preguntó el forastero-; sólo un duende podría
andar de esa manera. Es preciso que suba despacio y que me entere bien de
lo que pasa.
Dejó transcurrir un cuarto de hora y luego, procurando hacer el menor
ruido posible, subió la escalera y llegó a la guardilla, pero no encontró
a nadie allí.
A la noche siguiente ocurrió lo mismo respecto a los ligeros pasos, y
cuando se dirigía hacia la escalera halló ante sí la puerta cerrada con
llave que le impidió seguir sus investigaciones. No dudó ya que el duende
sabía su presencia en la casa y que huía de él; así es que decidió
esconderse para sorprender al que se ocultaba. Al otro día, en vez de
permanecer en su cuarto, se quedó en la guardilla detrás de la puerta.
Apenas había pasado una hora oyó las leves pisadas, y el duende penetró en
su alcoba, donde no encendió luz. Al caballero le pareció un hombrecillo
de corta estatura, pero no hubiera podido asegurar nada, porque apenas se
veía en la habitación, débilmente iluminada por un plateado rayo de luna
que penetraba por las rendijas de [67] la ventana. El joven sacó entonces
una bujía que había llevado, aplicó una cerilla y no pudo contener un
movimiento de sorpresa al ver echado ya en el catre, a Ginesillo el tonto.
El niño se levantó extendiendo sus suplicantes manos hacía él, y le habló
de este modo:
-No me pierda usted, no descubra a nadie que me ha visto.
-Pues explícame sin reticencias ni falsedades tu presencia en esta
casa.
-Sí, señor -balbuceó el niño-; siéntese usted y se lo diré todo.


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