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Cocos Y Hadas: Cuentos para niñas y niños (Julia de Asensi) - pág.26

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se le pone a la puerta desaparece al dar las doce.
Y siguió contando al forastero cómo para apaciguar al duende era
preciso hacerle obsequios de más o menos valor, pero que él admitía
siempre. Si enfermaba una gallina, para que no muriese, la dueña
depositaba una cesta con algunos huevos a la puerta de la casa del duende;
si era una vaca, se le ponía una cantarita de leche; si se presentaba mal
la cosecha, se hacía el ofrecimiento, que más adelante se cumplía si
resultaba buena o aun mediana, de darle un saco con el mejor trigo; el
duende aceptaba las ofertas y tenía la amabilidad de devolver, pero
vacíos, la cesta, la cantarita y el saco. Nadie le veía cuando recogía los
regalos, porque ¡salía tan tarde! nada menos que a las doce de la noche,
cuando allí todo el mundo se acostaba a las nueve en verano y a las ocho
en invierno.

[60]

A pesar de estas noticias, el forastero insistió en que quería pasar
allí la noche, y la muchacha le dijo que esperase a que [60] su padre
llegara para que le entregase la llave. Antes de que esto ocurriese,
apareció en aquella calle un grupo compuesto [61] de una docena de chicos
que perseguían a un pobre niño de fisonomía dulce y simpática, vestido
humildemente con un pantalón remendado y una blusa azul algo descolorida
por el uso. Iba sin gorra y llevaba los pies descalzos.
-Ahí viene Ginesillo el tonto -murmuró la niña.
-¿Y quién es el que tal nombre lleva? preguntó el caballero.
-Es el hijo de la tía Micaela, viuda de Nicolás el tonto.
-¿Y son todos tontos en esa familia?
-Si el padre lo era ¿qué quiere usted que sea el hijo?
Entre tanto los muchachos empujaban a Ginés hacia la casa del duende,
resistiéndose el niño, en cuyo rostro se marcaba un profundo terror, a
acercarse allí.
-¡Que le haga una visita al duende! -exclamó un chico.


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