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Cocos Y Hadas: Cuentos para niñas y niños (Julia de Asensi) - pág.14

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aquel odio que ni Guillermo ni sus padres conocían. Él también envidiaba a
aquel opulento señor, al que debía varios favores.
Llegó el día de partir el niño al colegio y Paulino, después de
despedirse de él, volvió a su casa más triste y preocupado que de
costumbre.
No por haberse alejado Guillermo fue el otro muchacho más feliz; oía
hablar a cada [31] paso de sus brillantes estudios, de sus exámenes, que
habían causado la admiración de cuantos los habían presenciado, de las
simpatías que despertaba. Al fin tuvo la inmensa alegría de que los dueños
del castillo se fuesen a vivir a una ciudad próxima, mientras él
permanecía con sus padres en el pueblo. Poco después, habiéndose declarado
una guerra, el soldado partió en defensa de su patria. La pobre esposa,
casi ciega de tanto coser y de tanto llorar, pasaba una vida bien triste
porque Paulino, al que cada día disgustaba más su modesta vivienda, no
acompañaba sino muy contadas veces a su madre.



II
Un día que el niño había salido de su casa con objeto de coger nidos
en el campo, prolongó su paseo más de lo debido, llegando a un sitio que
no conocía. Cansado, se sentó en un banco de piedra y así le sorprendió la
noche. Era aquel un paraje tan solitario que no había visto a nadie [32]
cruzar por él durante el tiempo que había permanecido allí. De repente
divisó algo blanco, más alto que una persona, que se adelantaba hacia el
banco. Era un fantasma gigantesco, sin cara, sin brazos y sin [33] pies,
una enorme sombra blanca que a Paulino le pareció que debía de haberse
desprendido de los peñascales. Aunque era valiente, aquello le causó
cierto espanto, el temor, que produce siempre lo desconocido.

[32]

Ya había él oído hablar en el pueblo de aquella extraña aparición,
pero había tenido la suerte de no encontrarla nunca. Era el terror de los


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