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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.151

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puñal humeando, enrojecido en sangre del conquistador, corrió valerosa,
dio el grito de libertad, y volaron en tropel los esclavos. Estaban
tomadas todas las precauciones; los Peruanos se apoderaron de las armas de
la guardia, que perezosos sacudían un letargoso sueño, para morir matando
entre el rugido de las cadenas de los esclavos; la guardia toda fue
degollada, si bien a caro precio, y los amotinados volaron hacia una
puerta de la ciudad para abrirla a sus compañeros. Los castellanos que
coronaban los muros creyeron el tumulto una sorpresa del enemigo, les
faltó el gobernador a su frente, y se pusieron en desorden. Tarde ya
conocieron lo que causaba el movimiento, y la muerte de Pizarro; se habían
forzado las puertas, y el ejército peruano avanzaba presuroso; empero,
vivo combate se trabó en las calles entre la oscuridad de la noche, y los
castellanos hubiesen entonado la victoria, pero Almagro cayó como una
recia tempestad y decidió el triunfo. El ejército peruano se cebó con
horror en los vencidos; en vano quisiera Almagro invocar en aquellos
momentos el poder de la disciplina: cada soldado tenía que vengar mil
víctimas de su familia, tenía que lavar su oprobio en la sangre de sus
opresores, y sólo se escuchaban pavorosos gritos de muerte, libertad y
venganza.



- XXV -
Conclusión
La ciudad era un campo de batalla por todos sus ámbitos, y las
divisiones peruanas avanzaban vencedoras por todas partes, arrastrando
tras sí la victoria y la desolación. Almagro sin quitarse del frente de
los batallones, vencía, refrenando empero a la tropa y conservando la
disciplina, y tendía al rededor penetrantes miradas por descubrir al
gobernador, su contrario, para medir con [84] él cuerpo a cuerpo las
armas, y Coya siempre a su lado, inflamaba el valor de los Peruanos, y les
inspiraba valor y denuedo para entonar himnos de victoria, y cantos de
libertad. Huascar, aunque obediente a las órdenes de Almagro, aunque de
alma noble y generosa, conduciendo una división por diversos flancos,
llevaba tras sus huellas el exterminio y dejaba sobradamente conocer que
haría la guerra a muerte en lo sucesivo; y en medio de tanto horror
recogía perezosamente la noche su negro manto, la luz del nuevo día


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