La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.101
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sigan vuestros prosélitos, pero tranquilos también alabemos en nuestros
templos al Dios [59] que inflama los días, los que jamás seremos ingratos
a sus beneficios. Yo, en nombre del Sol os lo demando, Peruanos, que antes
que le veamos amenazarnos con sus iras entre tinieblas, antes que dejarlo
de adorar, si no os cautivan la razón, hundámonos bajo las ruinas del
imperio.
Violentos gritos por todas partes prestaban los juramentos que
Vericochas exigía, y Almagro levantaba sus palmas al Dios verdadero porque
sacara aquellas almas de la idolatría.
-Yo, como vuestro monarca, exclamó Huascar, contestaré en cuanto a
nuestra libertad política, y el pueblo y los sacerdotes quizá aprobarán mi
voto. Lejos de mí la ambición del mando, jamás por sostener mi trono sería
perjuro a mi patria. Nuestras leyes políticas han labrado la felicidad de
nuestros mayores, en nuestras leyes está cifrada nuestra ventura, y si
pudiéramos lanzar a los mares a los venidos del Oriente, nuestra sangre
regaría el árbol de nuestra felicidad. Mi voto es el de la guerra: para
ser desdichados no lloremos las miserias de la patria, la tumba nos ofrece
mansión tranquila...
-No, Huascar, le interrumpió Almagro, no te dejes arrebatar del valor
y del entusiasmo. Yo os lo juro otra vez, nosotros haremos vuestra
ventura, no queremos esclavos, queremos hermanos, querernos ser felices
con vosotros. Corred un velo diamantino sobre lo pasado, confiad en mis
juramentos.
Un anciano consejero alzó la voz y dijo: la paz o la guerra deciden
de la suerte del imperio; retirándose el enviado podremos hablar con más
libertad y acierto decidir la suerte de nuestra patria. -Coya, que en
medio del consejo no podía ocultar el amor que en su pecho ardía, ni la
inquietud que devoraba su alma al recordar la lúgubre noche que
abandonando el culto del Sol recibió las aguas del bautismo, se apresuró a
invitar a Almagro a que fuese a descansar a su palacio, en cuanto el
consejo deliberaba. El noble guerrero que si bien anhelaba las paces
llevado de su corazón sensible, el amor de Coya, la ventura de mirarla, de
hablarla un instante, le había llevado a Cuzco, vio llegado el momento por
que ansiaba su corazón, y el júbilo y la sonrisa brillaban en su rostro.
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