La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.51
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venidos del Oriente, y cuando vieron volver a Ocollo y Coya, no dudaron
que el Sol, que puro y hermoso había iluminado todo el día al imperio,
escuchando sus ardientes votos, les concedía tocar el término de sus
males. Las dos hermosas se presentaron al fin en el consejo; los ancianos
del imperio y un pueblo numeroso esperaban con ansia saber el resultado de
la embajada; y cuando supieron que vivía el Inca, cuando las hermosas
refirieron los mutuos juramentos que Pizarro y Atahulpa se habían prestado
ante sus Dioses, el júbilo y el alborozo reinaba por los ámbitos de la
ciudad; sencillos instrumentos agitaban armoniosos el ambiente de la
noche, himnos de libertad entonaban el pueblo y los guerreros, y cánticos
divinos elevaban los sacerdotes en acción de gracias al Dios que les
derramaba su benéfica lumbre. ¡Oh pueblo inocente digno de mejor fortuna!
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Funerales
Había tendido la noche su lúgubre manto, las fulgentes estrellas
mandaban su escasa luz a la tierra, y negras sombras, aunque en apacible
calma, cubrían el horizonte. Ocollo había instruido al consejo de los
convenios celebrados con Pizarro, y por consiguiente de la libertad en que
estaban los sacerdotes de dar sepultura a los cadáveres peruanos.
Vericochas no perdió momento en reunir los venerables ministros del Sol
para la religiosa ceremonia, y el pueblo ya tranquilo, descansando de
nuevo en las promesas de los hijos del Sol, concurría al templo en fúnebre
aparato, para unir sus tristes acentos, a los cantos funerales de los
sacerdotes; pero la hermosa Coya, aunque adoraba tiernamente a su querida
patria, sumergida en un profundo estupor, apenas tomaba parte en el
contento general que reinaba en Cajamalca: la noche oscura y silenciosa
seguía su curso inalterable, volaban los momentos, y a las doce había de
hablar a su gallardo Almagro. El amor más cándido de inocente virgen ardía
en su almo pecho, y la inquietud más deliciosa combatía su sensible
corazón.
Reunidos en el templo los sacerdotes, colocado en unas riquísimas
andas el símbolo de la luna, dio Huascar las órdenes convenientes
tendieran en la campiña diez batallones que realzasen la pompa del
enterramiento de los guerreros, y Coya dirigía los movimientos militares.
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