La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.50
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tienda veintidós pies de longitud y trece de latitud, la suma era inmensa,
y Pizarro no dudó un momento en admitir un rescate que llenaba su
ambición, si bien siempre diciendo al Inca que necesitaba la confirmación
del rey del Oriente, cuyo ánimo inclinaría también a la aceptación. Corrió
a sus compañeros, les dio parte del inmenso ofrecimiento, y ya ansiosos
celebraban el instante de repartir los tesoros del Nuevo Mundo, y Ocollo y
Atahulpa quedaron abandonados a las más puras efusiones de alegría, viendo
que a precio de un pálido metal tornarían de nuevo a las caricias del amor
y a la plácida ventura. Volvió Pizarro a la tienda acompañado de Luque, y
convinieron la suspensión de hostilidades, y que se reuniese el oro en las
tiendas, en cuanto Pizarro recibía la confirmación del tratado de su señor
el Rey de Oriente, sin cuya aprobación no pudiera resolver por sí solo. Se
prometieron además mutuamente las relaciones más amistosas, pudiendo
comunicarse entre sí los dos ejércitos, permitiendo que entrasen en
Cajamalca los expedicionarios, hasta el número de diez, y que los peruanos
viniesen a las tiendas europeas hasta el número de ciento: que el campo de
Pizarro se había de abastecer de víveres, y que en aquella noche se
permitiese a los sacerdotes del Sol dar sepultura a los cadáveres que
cubrían la campiña.
Transportado Atahulpa de alegría, esperando recobrar su libertad,
mandó al momento mensajeros a Cuzco, Guito, Jititaca y otros países
abundantes de oro, para que, ya de los templos, ya de los palacios de los
Incas recogiesen todos los tesoros y los condujesen a Cajamalca, a fin de
reunir el precio de su rescate; y Ocollo respirando placer y alegría,
marchó a la ciudad para dar parte al consejo y al pueblo del feliz
resultado de su mensaje.
Abrazó de nuevo a Atahulpa, que quedaba algún tanto consolado, y
abierta la comunicación ya no les separara la muda ausencia. Almagro,
siguiendo con sus penetrantes miradas a la hermosa Coya, se habían
repetido la cita y los dos amantes imploraban a la noche que tendiera
rápidamente su negro manto. Los habitantes de Cajamalca coronando los
muros, presagiaban de feliz agüero la calma que reinaba en el campo de los
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