La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.49
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arrebatados de un impulso superior a su abatimiento y a su peligro. A
pesar del los españoles y peruanos que los rodeaban, sus pechos se
estrecharon tiernamente, y sus ardientes labios se sellaron cien besos
amorosos. Largos momentos reinó en la tienda y en el campo de los
vencedores un profundo silencio, semejante a la calma de las ondas tras
negras tempestades; un abundoso llanto bañaba a los inocentes esposos, y
el amor, el placer y la agonía, brillaba en los semblantes, y entorpecía
los labios. Ocollo rompió al fin el silencio consolando al Inca con más
dulces caricias, que el ambiente en las tardes del abrasado estío, y
Atahulpa, preguntaba por sus nobles y sus guerreros, y cada vez que le
decían que había muerto alguno en el campo de Cajamalca, [32] volvía los
ojos al Sol y exclamaba angustiado: «Dios de la luz, y aun quieres que yo
viva.» Ocollo endulzaba sus penas, le refería las atentas demostraciones
con que Pizarro la había recibido, le repetía el amor de sus súbditos, y
el encargo que llevaba del consejo de contratar su rescate a todo precio.
El Inca que se había visto despojar de los tesoros con que estaba
adornado, que había visto arrebatar de los cadáveres las piedras preciosas
que los cubrían, que había palpado la ambición de los venidos del Oriente,
concibió fundadas esperanzas de comprar su libertad a costa de tesoros.
Pizarro llegó a la tienda cuando ya Ocollo y el Inca gozaban de alguna
calma, y con sus acostumbradas demostraciones de respeto, llenó de
esperanzas a las dos afligidas almas. Atahulpa le dijo que tenían que
hablarle en secreto, y el español mandó retirar a los que les rodeaban, y
les inspiró libertad para que le abriesen sus pechos con confianza,
«El bien del imperio, le dijo el Inca, se cifra en que su monarca
torne otra vez al enlutado trono. Yo y mi pueblo proponemos un rescate
digno de ti, y del grande señor de Oriente. Si das la libertad al monarca
del Perú, te se llena a esta tienda de oro hasta la altura de un hombre.»
A pesar de las grandiosas ideas que tuviese Pizarro de la riqueza del Perú
no pudo menos de admirarle y sorprenderle tan magnífico ofrecimiento; la
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