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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.48

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asombro por un solo momento que tardó Ocollo en arrojarse a sus plantas.
«Hijo del Sol, exclamó, ¿cuál es la suerte de Atahulpa, aun vive el Inca
tu hermano?» Pizarro confuso la levantó del suelo, y la dijo: «Aun vive,
hermosa peruana, aun vive y aun hay tiempo para salvarle; calma tu
agitación.» Almagró fijó sus ojos en la divina Coya: sentía arder con más
violencia el amor que ya le había inspirado, y en un profundo estupor,
guardaba el silencio más elocuente. Coya penetraba al alma de Almagro, el
rubor de virgen candorosa brillaba en sus mejillas, y la llama del más
puro amor ardía en su pecho.
Ocollo volvió a la calma con las consoladoras palabras de Pizarro, y
le suplicó encarecidamente la permitiese hablar al monarca. Le dijo
extensamente quien era, el amor que tenía al Inca, lo que el Inca la
adoraba, y el contento que le causaría su vista; pero nada le habló de su
rescate, ni del estado de Cajamalca y del imperio. Pizarro no miraba con
indiferencia la hermosura y los encantos de Ocollo; aunque ambicioso y
fiero, era al fin hombre y sensible al amor. «Sí Ocollo, la dijo, bien
puedes ver al monarca, al felice mortal que gozó de tus encantos»... Y los
ojos del guerrero, sin perder su cruda fiereza, centelleaban mil amores.
Mandó que la condujesen a la inmediata tienda del Inca, pero encargó a la
guardia que no se separase de su lado, ya para que no se prodigasen
caricias, que ya Pizarro envidiaba, ya para que no hiciese Atahulpa
importantes comunicaciones.
Almagro y Coya gemían oprimidos del amor que ocultaban en lo profundo
de su pecho, pero rodeados de cien testigos no les fuera posible lamentar
sus penas, ni desfogar la pasión devoradora. Sin embargo, Almagro
aprovechó un momento y dijo a Coya que si en aquella noche salía al campo
con algunos regimientos, el correría la campiña y la buscaría ansioso,
para revelarla importantes secretos. La hermosa penetró todo el
pensamiento de Almagro, aceptó la cita, y la calma pareció dominar
aquellos dos conturbados pechos.
Ocollo fue conducida a la tienda del desgraciado Inca que gemía entre
una numerosa guardia, y al mirarse los dos esposos corrieron a estrecharse


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