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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.47

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matutino esclarecía el horizonte.
El Inca, en los primeros momentos de su cautividad, apenas podía
creer, en medio de su asombro, un suceso tan inesperado y sorprendente:
pero conoció bien pronto todo el horror de su [31] destino, y su
abitimiento era proporcionado a la altura de donde había caído. Pizarro,
temiendo perder las ventajas que lo proporcionara la posesión de tan
ilustre prisionero, se esforzaba en consolarle con demostraciones de amor
y de respeto, y Luque por otra parte le explicaba detenidamente los
misterios del cristianismo, y lo exhortaba a adorar a Jesús sobre la cruz.
Pero el Inca en medio de su asombro le suplicaba que suspendiese sus
exhortaciones, y que más adelante hablarían con detención de la materia,
porque aquellos momentos eran de sentimiento y no de raciocinio.
Pizarro en tanto ordenaba a sus soldados que tratasen y sirviesen al
emperador con todas las atenciones debidas a tan ilustre prisionero, y
fríamente calculaba las ventajas que con él pudiera sacar de un pueblo
idólatra de sus soberanos. Pizarro desde que se apoderó de la persona de
Atahulpa, se creyó absoluto señor del imperio, pero hubiera de fingir
hasta que el tiempo le marcase su conducta. Acababa de triunfar faltando a
sus promesas; y a pesar de que conociese el terror religioso que había
causado en el imperio su llegada, no podía empero prever cual seria la
conducta de los peruanos; y en vano entre mil conjeturas pudiera delinear
su plan de campaña.
Tal era el estado del campo invasor, cuando ya entrada la tarde
vieron salir de la ciudad una corta y sencilla comitiva. Los débiles muros
de Cajamalca, coronados de un pueblo inmenso, mostraban la agitación de
sus habitantes, y la importancia de la comisión en que fijaban sus
miradas; y Pizarro penetró desde luego que aquel paso le daría grandes
luces para su intento. En efecto, Ocollo y Coya salían de la ciudad con
una corta comitiva, y dirigían sus pasos al campo de los invasores. Desde
alguna distancia mandaron mensaje a Pizarro pidiéndole licencia para
hablarle, y desde luego les fue concedida, y llegaron al campamento las
peruanas.
No dejó de sorprenderlo que sólo dos bellas mujeres presidiesen una
comisión en que creía se fijara la suerte del imperio, pero disimuló su


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