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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.46

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nobleza, presentaba la antítesis más horrorosa con el campo de Pizarro, en
que reinaba la crápula y la risa. Preparado el mensaje, sumidos en
melancólicos recuerdos, agitados de un turbulento mal de inquietudes, los
inocentes habitantes de Cajamalca, dirigían a su Dios las mas lánguidas
miradas, y las dos hermosas se preparaban a marchar al campo de los
vencedores.



- IX -
Treguas
Cansados de matar los invasores en los campos de Cajamalca, se
replegaron de nuevo a sus tiendas, cuando los aterrorizados peruanos se
habían y encerrado en los muros de la ciudad, y la noche tendía su lóbrego
manto por las ensangrentadas arenas. Un inmenso botín fue el fruto de
aquella célebre jornada, botín inmenso que excedió con mucho las grandes
ideas y esperanzas que los aventureros habían concebido de aquellas ricas
playas. El magnífico trono de oro de Atahulpa, la inmensidad de piedras
preciosas que cubrían al monarca, a su corte y a sus nobles, todo cayó en
poder de los vencedores, que en tan feliz momento se apoderaron, puede
decirse, de las riquezas del imperio. Aunque con dulces ademanes y
ceremonias el prisionero emperador fue despojado de todas las riquezas con
que se engalanaba, diciéndole que aquello pertenecía al grande Rey del
Oriente, porque el pontífice Alejandro se lo había concedido, y como es
natural en todas las victorias, los vencedores se esparramaron por el
campo del destrozo, y alumbrados por la trémula luna, despojaron y
desnudaron a los cadáveres y heridos. Eran herejes los desgraciados
idólatras del Sol, y el siglo XVI solo les concedía horror, desprecio,
sangre y muerte.
Seguros los invasores del terror que habían inspirado a sus
contrarios, se abandonaron en medio de su opulento botín a la crápula y a
la risa, sin temor de ser atacados, e inmediatamente se procedió al
repartimiento de tantos tesoros, en proporción a las graduaciones
militares, separando religiosamente el quinto para el rey de España, y
según los mejores textos peruanos, a cada simple soldado le
correspondieron valores por quince mil duros. El estruendo y el alborozo
resonaban a una con los lamentos de los heridos y los suspiros de
Atahulpa; y así la callada noche ya recogía su negro manto, y el lucero


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