La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.45
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embargo no pudieron resistirse a las ardientes súplicas de Ocollo y Coya.
Ocollo, la más hermosa de las concubinas de Atahulpa, la más
virtuosa, la que más merecía el amor del monarca, se presentó al consejo
envuelta en luto y anegada en llanto, y propuso su resolución de pasar al
campo de Pizarro a saber la suerte del Inca que adoraba, y a echarse a los
pies de sus opresores, si gemía entre cadenas, para conmover su compasión
con su ardiente llanto. Coya, ilustre princesa de la sangre de los Incas,
aquella hermosa Coya que tanto amor inspiró al gallardo y gentil Almagro,
no había sido tampoco insensible a las lánguidas y penetrantes [30]
miradas del guerrero español, le amaba allá en su pecho, había conocido
que era amada, y anhelaba el momento de volver a mirar a su adorado.
Las dos inocentes víctimas del amor persuadieron al consejo, y se
dispuso que pasaran al campo de los venidos del Oriente. Los ancianos
sabían muy bien el ardiente amor de Ocollo por Atahulpa, se persuadieron
que no tan fácilmente los europeos ensangrentaran sus aceros en la
hermosura, y creyeron ventajoso que lo encargara del mensaje. No así
opinaron de Coya, familiarizada con los peligros, valiente en las lides,
diestras sus delicadas manos en dirigir las flechas, gozaba del amor del
ejército, y arrostraba con ardor a la muerte a los guerreros. Ilustre por
su nacimiento, adorada por sus encantos, su muerte cubriera de luto al
imperio, cuando no era necesario que acompañara a Ocollo. Pero tan
reiteradas y tiernas fueron sus súplicas al consejo, que ignoraba la causa
que las producía, que al fin cedió, y dispuso la salida de las dos
hermosas.
El sol ya tocaba en la mitad de su carrera plácido y radiante,
animaba con su divina influencia a los peruanos, que vueltos algún tanto
de su terror, esperaban mejor ventura según les anunciaba la deidad
benéfica con su brillo. Ya los guerreros ocupando la muralla se preparaban
de nuevo a caer al silbido de los rayos de los invasores, pero no era tan
grande su terror porque empezaron a dudar de que fueran Dioses. El campo
cubierto de cadáveres, contemplando allí destrozada toda su corte y su
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