La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.43
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abismaba en un caos insoldable y en las más melancólicas meditaciones.
Vericochas, postrado ante las aras, absorto, arrobado, permanecía por
mucho tiempo en un profundo éxtasis, cuando al fin exclamó con un hondo
eco que pareció arrancado del centro de su alma. «No peruanos, el crimen y
la deidad son inconcebibles. Esos venidos del Oriente, no son de sangre de
los Incas, ni pueden ser hijos del astro sempiterno.»
El pueblo escuchaba absorto, y el sacerdote continuó con una
elocuencia inspirada. «No peruanos, el crimen y la deidad son
inconcebibles. Esos desconocidos han jurado mil veces por su Dios que
venían a labrar la felicidad del imperio; con mil sacros juramentos
prometieron las debidas garantías a un inocente monarca, y a un sencillo
pueblo, que fiados en promesas de deidades, corrieron cándidos a sus
brazos, cuando ocultando pérfidos las armas destructoras, despedazaron
vuestros guerreros y vuestra corte, y arrastraron a vuestro monarca por
los cabellos! El Sol luce radiante, no envuelto entre vapores anuncia su
ira.» Y un agitado murmullo conmovía al pueblo.
«Es verdad, aun miro los veloces monstruos atropellando nuestros
guerreros; aun resuenan en mis oídos el trueno pavoroso que destrozaba
nuestras líneas, pero todo puede ser obra de un espíritu maléfico, todo
podrá sucumbir al querer de ese Dios que nos ilumina. Peruanos, venid,
jurad ante las aras, que si el cielo nos revelase que son sus hijos, y que
debemos ceder a nuestros destinos, antes regaremos con nuestra sangre las
fértiles campiñas, que dejarnos arrancar nuestras leyes, nuestra libertad
y nuestro culto.» Pero el pueblo helado de terror solo gemía a la voz de
su adorado sacerdote.
«Y lo dudáis aun, continuaba Vericochas, yo lo oí de sus labios,
venimos a inspiraros los misterios del cristianismo, a arrancaros del
imperio culto del Sol, a haceros adorar a Cristo sobre la cruz, y a que
reconozcáis por monarca y señor al grande Rey del Oriente.» Los nobles que
rodeaban al monarca, los que pudieron oír el discurso que le dirigió
Luque, habían caído en el campo al furor de sus aceros. Vericochas y
Huascar eran los solos que, estando inmediatos por su nobleza, se habían
salvado de la muerte, y los que oyeron con admiración la propuesta de
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