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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.41

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la desesperación, consolaban a los afligidos en su abundoso llanto; creían
obra del cielo aquel exterminio, creían a los europeos hijos del Dios de
la luz, y al arrancar allá del alma sus gemidos, sólo fijaban los ojos en
la tierra, y no osaban volverlos hacia el opaco firmamento.
El pueblo, los nobles, los Incas, los sacerdotes y los innumerables
guerreros confundidos por las plazas y calles, estaban como petrificados
en un profundo estupor, y nadie interrumpía aquel terror religioso. Ya la
callada luna reclinaba en la tierra su macilenta frente y el primer albor
del lucero matutino comenzaba a esclarecer el horizonte, cuando
Vericochas, el sacerdote mas anciano del imperio, sin reprimir su llanto,
alzó su quebrada voz y se dirigió a su pueblo: «Peruanos, el sublime Dios
del día, exclamaba bañado en lloro, rompe las tinieblas de la noche y
borda con su púrpura las montañas. Tal vez airado, enrojecida su faz de
viva lumbre, arrastrará tras sí al ronco trueno y el fulminante rayo, y
arderán los cielos. Postrémonos humildes ante su poder, bendigamos su
omnipotencia e imploremos su misericordia. Corramos al sacrosanto templo,
ofrezcámosle inocentes sacrificios, y aplaquemos sus iras.» Dijo y con
tranquilos pasos se dirigió hacia el templo; le rodearon los sacerdotes y
lo siguieron el pueblo y los guerreros.
El templo de Tajamalca, dilatado y anchuroso, contenía un inmenso
pueblo. Adornado de vistosas plumas, tachonado de oro y plata, y el
pavimento de preciosos mármoles, ostentaba toda la riqueza del Perú y toda
la veneración religiosa de los peruanos. Una ara sencilla, pero de
delicado gusto, cubría el fondo de aquel majestuoso recinto; un símbolo
del Sol, colocado en medio de la ara, era la deidad a que se postraban el
monarca, el pueblo y los sacerdotes, y a sus lados vestidos sencillamente,
estaban los bustos de los Incas y de los ciudadanos que por sus excelsas
virtudes habían llegado a la imitación de la deidad benéfica.
Apenas pisaba el templo la multitud, cuando armoniosos instrumentos
anunciaron la pompa de la ceremonia religiosa, y numerosos coros saludaron
al nuevo día.

Himno al sol
Coro 1º.
¡Oh padre del día! ¡Oh Dios de la lumbre!
Levanta en Oriente la fúlgida faz;
alumbra la tierra que gime en tinieblas,


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