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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.40

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mosquetería y artillería que los despedazaba y abrasaba como el invisible
rayo, y los invasores derramaron la sangre y el destrozo por toda la
dilatada campiña. En vano sus nobles rodearon al Inca formándole una
muralla con sus indefensos pechos: todos cayeron al furor del acero de
Pizarro, quien arrastró al monarca por los cabellos y lo hizo prisionero,
y la caballería continuó la matanza hasta acabar el día. Una multitud de
príncipes de la raza de los Incas, los ministros, la flor de la nobleza,
todo lo que componía la corte de Atahulpa, y cuatro mil soldados y
mujeres, niños y ancianos, que habían salido a ver la brillante ceremonia,
cayeron en los campos de Cajamalca al furor de los aceros; todo era
muerte, desolación y espanto.
La noche tendía su lúgubre manto, y el campo enrojecido de sangre
cubierto de cadáveres presentaba la escena más espantosa para la virginal
América. Aun algunos invasores penetraron en la ciudad, pero solos y
desunidos tuvieron que volver a sus tiendas, donde amarrado entre cadenas
gemía el más infeliz de los vivientes, aquel monarca que un momento antes,
rodeado de una pomposa corte, llevado en hombros de los primeros nobles
del estado, parecía la imagen de los Dioses. Un silencio espantoso,
interrumpido sólo por los lamentos de los heridos, reinaba en el canipo
del destrozo, hasta que reunidos los invasores en sus tiendas, la crápula
de la victoria empezó a atronar los ámbitos, confundiéndose con los hondos
gemidos de los que expiraban. [27]



- VIII -
Ceremonia religiosa
Los pocos nobles y cortesanos que se salvaron de la matanza y todo el
ejército peruano, se encerraron en los débiles muros de Cajamalca, cuando
ya la noche había tendido su negro manto. Llorando el padre al hijo, el
esposo a la esposa, la virgen a su adorado, el pueblo a su monarca,
lúgubres y hondos gemidos resonaban en medio del terror religioso que
ocupaba al Nuevo Mundo. Los suspiros de la ciudad se confundían con los
lamentos de los heridos, que expiraban en el campo del destrozo, cuando la
melancólica luna siguiendo su carrera, llenaba de espanto a los inocentes
adoradores del Sol. Ni los gritos de la venganza, ni las imprecaciones de


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