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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.38

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huésped. Impacientes los invasores temían ya alguna desconfianza de parte
del emperador que frustrara sus planes, cuando apareció el inocente Inca
rodeado de 500 nobles, lo más pomposamente aderezados, que marchaban al
son de sencillas músicas militares, con toda la majestad del inocente
orgullo. Atahulpa, sentado en un trono de oro adornado de vistosas plumas
de diversos colores y cargado de piedras preciosas, iba en el centro de la
corte llevado en hombros de los más nobles palaciegos y detrás le seguían
lo mismo sus primeros oficiales. Cuadrillas de danzadores y bandas de
músicos, precedían y animaban tan solemne acto, y la campiña cubierta de
más de treinta mil soldados, prestaba la imagen del poderoso imperio.
Estaba el día tranquilo y sereno, y el sol radiante tocaba la mitad
de su carrera. Un apacible céfiro batía mansamente las pintadas plumas, y
los cándidos y ondulantes vestidos de la pomposa corte, y a los rayos del
claro sol del Perú brillaban las andas de oro y las armas matadores de los
invasores. Al acercarse Atahulpa al campo de Pizarro, resonaron con
estruendo los roncos atambores y los bélicos clarines, y se desplegó al
viento el español estandarte, ornado de la espléndida y roja cruz. Si
sorprendidos miraban los peruanos el aspecto imponente de los venidos del
Oriente, su faz cubierta de larga barba, y la brillantez y construcción de
sus feroces armas, no menos con asombro miraban Pizarro y sus compañeros
la pompa y el esplendor de la corte peruana, y la aparente disciplina de
sus innumerables soldados. Empero, el trono de oro y las inmensas riquezas
que les ofrecía la victoria, exaltaban demasiado su imaginación para que
calcularan los peligros del rompimiento. Atahulpa llegaba en tanto al
campo de sus enemigos, y decía continuamente a sus primeros oficiales:
«son enviados del cielo, guardaos bien de ofenderlos.»
Apenas hubo llegado al campamento, Luque corrió hacia el Inca con un
crucifijo en la siniestra, y en la diestra su breviario; y en un largo
[26] discurso, y según las negras creencias del siglo XVI expuso al
monarca la doctrina de la creación, la caída del primer hombre, la
encarnación de Jesucristo, la elección que Dios hizo de San Pedro para que
fuera su gran vicario en la tierra, el poder de San Pedro trasmitido a los


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