La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.37
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Almagro
aun joven, agraciado también por la naturaleza, sintió todo el poder de la
hermosura de Coya, y allá en su pecho ardió el amor con un fuego
inextinguible.
Salió al fin el mensaje de Cajamalca, y volvió al campo de Pizarro.
Enardecida aun la imaginación de los mensajeros con el espectáculo de que
habían sido testigos, hicieron a sus compañeros una descripción tan
seductora de lo que habían visto, que Pizarro se afirmó en la resolución
que ya había meditado. Sabía por lo que observó en las costumbres del
Nuevo Mundo, cuan útil le sería apoderarse de la persona del Inca, y formó
un plan que necesitaba tanta audacia como serenidad. Con olvido del grave
carácter de que se revistió, anunciándose como embajador de un grande
monarca que solicitaba la alianza del Inca; con olvido de las repetidas
protestas de amistad que le había prodigado, y de los ofrecimientos que le
había hecho, resolvió prevalerse de la crédula simplicidad, con que
Atahulpa se fiaba en sus protestas, y apoderarse de la persona de ese
príncipe en la entrevista a que le había invitado.
En la mañana del 16 de noviembre (1522), cuando debía visitarle el
Inca, preparó la ejecución de su plan con tanta frialdad y con tan poco
escrúpulo, como si otro día no pudiera ser su desdoro, y la mancilla de
las armas de su patria. Dividió su caballería en dos alas mandadas por
Soler y Benalcázar, intrépidos oficiales que cubrían los flancos de su
infantería desplegada en batalla; reservó en el centro veinte de sus más
arrojados compañeros que le ayudaran en la peligrosa empresa que se
reservaba, colocó su artillería frente del camino por el que debía venir
el Inca, y dio orden a la división de no atacar hasta que su vez diese la
señal del rompimiento. ¡Imploremos el fanatismo y barbarie del siglo XVI
para cubrir tanto crimen!...
Muy de mañana empezaron a salir regimientos peruanos de la ciudad, y
a tenderse por la campiña, y todo el pueblo estaba en la mayor agitación,
porque Atahulpa quería visitar a Pizarro con toda magnificencia. Aunque
los preparativos comenzaron muy temprano, tanta era la solemnidad y la
pompa, que ya terminaba la mañana y no llegaba el Inca al campo de su
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