La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.34
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permiso para pasar a Cajamalca a hablarle, y que de lo contrario obraría
según las instrucciones que tenía de su señor, el Rey del Oriente. Al
mismo tiempo con hacer evolucionar a sus soldados a vista de Huascar,
quiso asombrarle con su artillería, para que se le tuviese por el señor de
los rayos, y consiguió su objeto. Llegado Huascar a la corte, expuso a
Atahulpa la decidida resolución de Pizarro de pasar a Cajamalca a
hablarle; lo pintó con terror el aspecto y las armas de los españoles, y
le hacía formar idea del estampido del cañón, por el ronco mugido del
trueno que se dilata entre las cóncavas peñas de los Andes. Huascar, el
más valiente guerrero del Perú, no era sospechoso de cobardía, y
estremeció a Atahulpa.
El emperador reunió los más prudentes ancianos para deliberar si
romper la guerra, o continuar sobrellevando a los venidos del Oriente;
pero el terror, que era común en todo el Perú y los ofrecimientos
amistosos de Pizarro, les hicieron adoptar el partido de mandar nuevo
mensaje a Tumbez, para que los venidos del Oriente llegasen a las murallas
de Cajamalca. En efecto, una nueva comisión fue a llevar la decisión a
Pizarro, y el imperio esperaba con la mayor ansiedad el desenlace de tan
complicado drama. Desde luego conocieron los asociados lo respetable que
las preocupaciones habían hecho su nombre, y no dudaron un momento en
emprender su marcha.
Apenas rompió la aurora las tinieblas de la noche, en una mañana de
Octubre 1532, cuando reunidos los españoles, celebró Luque con toda la
pompa religiosa el sacrificio de la misa, y emprendió su marcha la
división española. Fácil tal vez hubiera sido al ejército peruano ocupando
las posiciones ventajosas que le ofrecía el camino, sorprender y destrozar
a los castellanos, pero la [24] política de Pizarro ganando la amistad del
Inca, o llenándole de terror, les aseguró tan difícil travesía. Las
solitarias llanuras entre Tumbez y Motupe se extienden a ochenta millas,
sin hallar agua, ni árbol, ni planta, ni verdor alguno en esta terrible
extensión de tostada arena, pero los infelices peruanos sirviendo de
acémilas a la división, les suministraron todo lo necesario en el
espantoso desierto. Desde Motupe se dirigieron por las montañas que rodean
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