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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.33

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Luque con el
crucifijo en la siniestra y en la diestra la tea, arrastraba tras sí con
su elocuencia a la multitud fanática, y los sacerdotes peruanos quemando
la mirra en las aras de sus templos, sabían conmover el valor religioso de
sus prosélitos. Tales eran los jefes y los elementos de poder de las
partes beligerantes.
Cuando ya meditaban los asociados el plan de campaña, llegó a Tumbez
una pomposa comisión de Atahulpa a felicitar a los venidos del Oriente, y
a suplicarles que abandonasen aquellas comarcas y volviesen a sus playas.
El emperador no podía disimular el terror que inspiraban pisando sus
dominios. Iba por jefe de la comisión el príncipe Huascar, joven de la
familia de los Incas, y en nombre de Atahulpa reconoció a los españoles
por sus parientes, como hijos del Sol, y les llevó de parto del monarca
frutas, granos, vasos de oro y plata y mil preciosidades de esmeraldas.
Obsequiando así a los españoles querían aplacar al Sol que suponían
irritado contra el Perú; todos los pueblos a porfía los colmaban de
presentes, les prestaban sus servicios y llevaban su respeto hasta la
adoración.
En vano Huascar, en nombre de su emperador, pidió a Pizarro
explicaciones satisfactorias acerca de su permanencia en Tumbez y de su
conducta hostil; sólo pudo conseguir por respuesta que tenía que hacer
comunicaciones verbales al emperador, de parte de su señor, el gran Rey
del Oriente; y conociendo todo el poder de su ventajosa posición, Pizarro
hablaba a Huascar en un tono dulce, pero profético y elevado. Aun antes
que partiese mandó reunir su división e invitó al guerrero peruano a que
viese la marcialidad de los vasallos del Rey de Oriente. En efecto,
empezando a evolucionar los españoles, el valiente Huascar miraba con
asombro la brillantez de las armas, la velocidad de los caballos, y la
unidad y conformidad de los movimientos de los masas: pero a las descargas
de la mosquetería y al estampido del cañón, el terror se apoderó de sus
miradas, y con rudos rendimientos se despidió de Pizarro, y marchó a su
corte sepultado en melancólicos presentimientos.
Pizarro no se limitó a decirle que tenía que hacer al emperador
comunicaciones verbales, le había añadido que esperaba con emergencia su


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