La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.32
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alegría, viendo cercano el momento de consumar sus deseos. Pizarro
conservaba 200 soldados que con los 309 que llegaron de refuerzo,
compusieron el ejército invasor que había de dominar un vasto imperio.
Entre ese corto número de combatientes contaban 66 caballos y tres piezas
de artillería de menor calibre, todos con armas de fuego, y todos
intrépidos, todos impávidos, todos fanáticos y ambiciosos.
Pareciera que con tal débil división se emprendería en vano saquear y
destruir un país adelantado en civilización, de inmenso suelo y populoso,
si no recurriésemos a las fuerzas morales respectivas de los ejércitos,
como ya hemos indicado. Atahulpa, tenía en Cajamalca 60.000 combatientes,
bravos y aguerridos, pero sin disciplina y sin conocimientos en el arte de
la guerra, y sin otras armas que simples arcos y flechas de poca
consistencia, que en vano disparaban contra las armaduras y cotas de los
castellanos que los hacían invulnerables; al tiempo que el sencillo lino
de que se vestían los peruanos, entorpecía las tajantes puntas de los
aceros europeos. Aunque los peruanos defendiendo sus hogares y su
libertad, sintieran todo el valor de las inspiraciones del patriotismo,
[23] la codicia y fanatismo que ardía en los pechos europeos, los
arrastraba también impávidos a la muerte. La gloria de vencedores en
México inspiraba a los unos la seguridad de la victoria, al tiempo que los
otros dominados de un terror religioso, creían un crimen de lesa-deidad
volver sus dardos contra sus huéspedes; y al oír el mortífero estampido
del cañón, cual si un rayo desatado de los cielos cayera sobre su frente,
se postraban temblorosos al ronco trueno que les anunciaba la ira del Dios
de la luz.
Si inmensa era la diferencia de la fuerza numérica de los ejércitos,
inmensa era también la diferencia de su fuerza moral y dudosa la victoria.
Unos y otros contaban con jefes guerreros y arrojados, y unos y otros
héroes aspiraban a la victoria y a la inmortalidad. Atahulpa tranquilo y
valeroso sabía arrostrar los peligros; Pizarro impávido y temerario se
lanzaba a la muerte. Almagro en medio de su vigor sentía toda la magia de
la inmortalidad: Huascar en el ruego de la juventud, educado en el campo
de las lides, tenía todo el noble orgullo de un guerrero.
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