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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.31

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las nuevas noticias de las riquezas de la costa del Perú, y la eficacia y
promesa de Almagro y Luque apoyadas con el célebre nombre de Pizarro,
todo, todo influía para que otros aventureros volasen a Panamá ansiosos de
marchar a la rapiña.
En cortos días pudieron reunir trescientos hombres que embarcaran con
precipitación para marchar a Tumbez. En dos ligeros buques se dieron a la
vela de San Mateo, donde Pizarro había dejado un corto testamento. Ya
práctico Almagro en aquellos mares, aunque arrostrando mil peligros,
hicieron la navegación en 17 días, en que los jefes pusieron todos los
medios en movimiento para avivar en sus soldados el incentivo que les
devoraba; y el capitán los familiarizaba con la muerte, y el vicario
hablando en nombre de Dios les prometía la gloria eterna, si perecían
derribando las deidades de los inocentes adoradores del Sol.
Desembarcaron al fin en San Mateo; abrazaron tiernamente a sus
compañeros, y siguieron su camino a Tumbez. Allí Pizarro los esperaba con
impaciencia, porque aunque político se había desacreditado en la travesía
de Coaque, atacando a los indios indefensos y cometiendo mil violencias;
pero el terror que los venidos del Oriente habían inspirado a los
inocentes habitantes del Nuevo Mundo, como hijos del Sol, tenía a todos
los ánimos en expectación, y no se había llegado al rompimiento. Atahulpa,
el monarca del Perú, estaba con un florido y brillante ejército en
Cajamalca, ciudad a doce jornadas de Tumbez; pero el terror religioso y
las protestas de Pizarro hacían que los mirase como entes superiores,
mandados por su Dios, para castigar los crímenes de la guerra civil que
había ardido en el imperio, y lejos de disponerse a atacarlos, encargaba a
sus súbditos que los tratasen como enviados del Sol. Sin embargo, un
momento solo pudiera arrancar de los peruanos esa triste preocupación, y
los invasores pudieran verse destrozados. Sus circunstancias siempre eran
críticas, y Pizarro y sus compañeros ya cedían al poderoso impulso de su
avaricia y de su carácter violento, y los tesoros y los ídolos de los
peruanos pudieran solo aplacar sus ansias.
En este momento llegaron a Tumbez Almagro y Luque, y olvidando sus
pasados trabajos y peligros, se abandonaron a la más viva efusión de


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