La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.27
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presentaban obras escogidas y preciosas de industria de sus manos
alumbradas por su luz. Jamás los Incas tiñeron los altares de sangre
humana, jamás se imaginaron que el Sol, su padre, pudiese complacerse en
recibir tan bárbaros sacrificios. Así, los peruanos, lejos de ese culto
sangriento que embota la sensibilidad, y que ahoga los movimientos de la
compasión a vista de los sufrimientos del hombre, debían al espíritu mismo
de su superstición un carácter nacional más dulce que el de los damas
pueblos de América.
Esta influencia de la religión se extendía hasta a sus instituciones
civiles. El poder de los Incas, aunque el más absoluto de los despotismos,
se mitigaba por la influencia de la religión. El ánimo de los súbditos no
se humillaba ni vilipendiaba por la idea de una sumisión forzada a un ser
semejante a ellos: la obediencia que prestaban a su soberano revestido de
una autoridad divina, era voluntaria y no les degradaba. El monarca [20]
convencido de que la sumisión respetuosa de sus súbditos dimanaba de que
le creyesen de un origen celestial, no perdía de vista los motivos que le
impelían a imitar al ser benéfico a que representaba; y así, apenas se
halla en la historia del Perú una revolución contra el príncipe reinante,
y ninguno de los doce Incas fue tirano.
En las guerras que entre sí empeñaron los Incas, se condujeron con
maneras muy diferentes a las de las otras naciones de América. No
combatían como los salvajes para destruir y para exterminar, ni como los
mexicanos para arrastrar a los prisioneros a ensangrentar las aras de
bárbaras deidades: hacían la guerra para civilizar a los vencidos y por
extender los conocimientos y las artes. No exponían a los prisioneros a
los insultos y a los tormentos a que se destinaban en todas las naciones
del Nuevo Mundo: los Incas tomaban bajo su protección los pueblos que
sometían y los hacían partícipes de todas las ventajas de que gozaban sus
súbditos. Esta práctica tan opuesta a la ferocidad americana y tan digna
de la humanidad de las naciones más civilizadas, debía sólo atribuirse al
genio de su religión. Los Incas, considerando como impío el homenaje
tributado a otro cualquiera objeto, que no fuese a las potestades celestes
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