La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.26
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restos aun admira el pueblo conquistador que los hundió en polvo,
probarían los adelantos de los peruanos en las artes, en la industria y en
la mecánica. Pero desgraciadamente desconocían la escritura, y su
legislación e historia hubiera precisamente de resentirse de todas las
fatales consecuencias de las naciones tradicionales, por lo que con
sobrada razón merecemos la benignidad de nuestros lectores, si
cometiésemos alguna inexactitud en esta historia, al interpretar los
quipos o alfabetos peruanos, mucho más imperfectos que los jeroglíficos de
México.
Con estas ligeras indicaciones podremos fácilmente formar completa
idea del estado físico y moral del vasto imperio que el intrépido Pizarro
se propuso atar al carro vencedor del poderoso Carlos V, y deducir
claramente cómo las preocupaciones y el fanatismo de unos y otros pueblos
en el siglo XVI nivelaban las fuerzas del vasto imperio del Perú, con las
fuerzas de Pizarro, seguido de un puñado de aventureros.
La dulzura de la religión del imperio contribuía sobremanera a la
pureza de sus costumbres y a su felicidad. Manco Capac dirigió todo el
culto religioso hacia los objetos de la naturaleza. El Sol, como la
primera fuente de la luz, de la fecundidad de la tierra y de la felicidad
de sus habitantes, era el primero y principal objeto de su adoración; y la
luna y las estrellas secundando al Sol en su benéfica influencia, obtenían
después el homenaje de los peruanos. Siempre que el hombre contemplando el
orden y la magnificencia que realmente existe en la naturaleza adora un
poder superior, el espíritu de la superstición es dulce y apacible; pero
al contrario, cuando se han supuesto rigiendo al universo obras de la
imaginación y del terror de los hombres, la superstición toma las formas
más crueles y atroces.
La primera de estas religiones era la de los peruanos, y la segunda
la de los mexicanos. Las ceremonias del culto dirigido al astro radiante
que por su energía universal y vivificante, es el más hermoso emblema de
la beneficencia divina, eran dulces y humanas. Ofrecían al Sol una parte
de los frutos que su calor había hecho producir a la tierra, le
sacrificaban en testimonio de su reconocimiento algunos animales de los
que comían, y cuya existencia se multiplicaba por su influencia: le
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