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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.22

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corte de España, volvió de nuevo a Panamá a unirse con sus asociados, y a
hacer los últimos esfuerzos.
A pesar de todo, ya carecían de fondos, y aun haciendo inmensos
sacrificios sólo reunieron tres pequeños buques y ciento noventa y cinco
soldados, con treinta y siete caballos; pero tal superioridad inspiraban
entonces sus victorias en América a los españoles, que Pizarro con tal
débil columna, no dudó embestir al poderoso imperio que había de saciar su
ambición y su codicia. Se dio a la vela en febrero de 1531, y fue a
desembarcar a la bahía de San Mateo llevado de la fuerza de los vientos y
de las corrientes, pero se dirigió hacia el sud, sin abandonar las riberas
para recibir con más facilidad los socorros que esperaba de Panamá. Nuevos
y grandes padecimientos probaron su valor y paciencia en esta marcha.
Pizarro en vez de procurarse la confianza de los habitantes los atacó
imprudentemente, los obligó a huir de sus inocentes asilos, y la guerra,
el hambre, el cansancio y las enfermedades propias del país, redujeron a
los invasores a tan crueles extremidades como habían sufrido en la
expedición primera. La costa del Perú es en algunas partes estéril,
malsana, y poco poblada; los ríos caudalosos, veloces y difíciles en su
travesía, pero para el valor de los españoles era posible y fácil, y si la
victoria les aseguraba botín y gloria, suyo era el triunfo.
Llegaron al fin a la provincia de Cosque, y sorprendiendo a los
habitantes de la capital, se apoderaron de vasos y ornamentos de oro de
valor de treinta mil pesos, y otras muchas riquezas, que eclipsaron la
desconfianza que hubiera podido concebir en vista de las estériles tierras
que habían corrido. Siguieron su marcha llenos de confianza, atacando con
impetuosidad a los tranquilos habitantes que se sometían, o huían al
interior de sus tierras. Esta aparición repentina de extranjeros que
invadía su país, cuya figura y costumbres les eran igualmente
extraordinarias, y a que nada podía resistir, hizo en los peruanos la
misma impresión de terror que habían causado en las otras naciones de
América. Atacando, venciendo y desolando llegó al fin Pizarro a Pinca, y a
Tumbez, donde dio descanso a sus tropas y esperó a Almagro y a Luque.


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