La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.20
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desconocidas y lúgubres playas, desalentaron aquellas almas nacidas para
grandes empresas. Almagro partió para Panamá con objeto de hacer nuevos
reclutas, y Pizarro se abandonó de nuevo a merced de los vientos en busca
de los países de oro. Después de haber sufrido las mismas calamidades que
en su primera expedición, abordó a la bahía de San Mateo, en la costa de
Quito, y desembarcó en Tamames, países más fértiles y más civilizados que
los que había reconocido en las costas del mar del Sud. Seguía el curso de
sus investigaciones, cuando el cielo previsor rompiendo sus cataratas
mandó al trueno y a los rayos que sepultaran la débil nao, mensajera de
tantos horrores, y se cruzaron los rayos, y mugieron las ondas con
espanto, y despedazaron la frágil nave. Un destino protector presentó
cercana a los náufragos la isla Gorgona, o Infernal, donde pudieron
salvarse la mayor parte de los que el cielo y el piélago parecían condenar
a muerte.
En esta isla llamada comúnmente la Infernal, por la intemperie de su
clima, por sus impenetrables bosques y escarpadas montañas, por la
multitud de insectos y reptiles que cubre su suelo, por la eterna noche a
que la condenan las cerradas nieblas, se detuvo Pizarro por cinco meses,
no para tomar aliento y procurar su salvación, sino para rehacer su nave y
buscar nuevos peligros. Difícil fuera pintar los tormentos que sufrieron
los castellanos en aquella mansión de muerte; pero aun no domado su
esfuerzo partieron por tercera vez en busca de las ricas playas; y a los
veinte días descubrieron las costas del Perú.
Después de haber tocado en diferentes puntos poco considerables,
desembarcó en Tumbez, ciudad bastante populosa, situada al tercer grado
del Sud del Ecuador, donde hallaron un grande templo y un palacio de los
Incas, soberanos del país. Allí los españoles admiraron por primera vez el
espectáculo de la opulencia y civilización del imperio peruano, viendo una
comarca poblada y cultivada con industria, y los naturales decentemente
vestidos; pero llamó mas particularmente la atención una abundancia tal de
oro y plata, que estos metales no sólo servían para ornamento de los
templos, sino también para vasos y utensilios comunes de uso doméstico, lo
que no dejaba duda de que habría una inmensa abundancia en el país.
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