La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.19
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paz, jurando por la sangre divina enriquecerse a costa de torrentes de
sangre humana. ¡Oh criminal abuso del cristianismo en el siglo dieciséis!
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En 14 de noviembre de 1525 se dio al fin a la vela Pizarro con un
débil navío y ciento doce hombres de tripulación y armas; Almagro debía
conducirle refuerzos, y Luque quedaba al frente de las relaciones en
Panamá, hasta que la ambición reuniera a los tres socios en los valles del
Perú, para dividir ansiosos su presa. Sin exactos conocimientos en la
teoría de los vientos y de las corrientes, Pizarro vagó perdido entre las
olas por espacio de setenta días; tocó al fin en varias playas de
tierra-firme, y se convenció de lo desagradable del país que ya otros le
habían descrito con verdad. Terrenos bajos y pantanos, montañas cubiertas
de impenetrables bosques, pocos habitantes, pero feroces y valerosos, era
cuanto descubrió su ambición. El hambre, la fatiga, los frecuente combates
con los naturales del país, y más que todo las enfermedades comunes y
propias de los países los países húmedos, debilitaron y casi destruyeron
su despreciable ejército expedicionario, y se halló en la necesidad de
abordar a la isla Cuchamá, frente de la isla de las Perlas, en donde
esperaba recibir de Panamá refuerzos y provisiones.
En tanto, reuniendo gente en Panamá, se dio al fin Almagro a la vela
con setenta hombres para buscar a su compañero y prestarle auxilio. En
vano desembarcó también repetidas veces en tierra-firme, indagando el
paradero de Pizarro; los indios le atacaron y le destruyeron, y derrotado
y aun herido, sufriendo los mismos quebrantos que su compañero, halló en
la fuga su salvación, pero la suerte le condujo a Cuchamá, donde le
esperaba su amigo. El 14 de junio fue cuando la expirante tripulación de
Pizarro vio surcar un bajel a aquellos desconocidos mares, y al tremolar
la bandera de Panamá, mutuamente un éxtasis divino se apoderó de los
desalentados corazones, y nació el consuelo tras tardas lunas en los
angustiados pechos. Después de mudos abrazos se consolaron contándose sus
tristes aventuras y sus naufragios, y cada hondo suspiro que exhalaban,
infundía en su alma un valor insuperable.
Ni la memoria de los peligros ni el aspecto de la muerte en
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