La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.18
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dispuesta a la virtud y al crimen. De musculatura nerviosa y atlética, de
larga y negra barba que cubría su ancho pecho, con talle airoso y
desenvuelto, ojos negros dilatados y centellantes, tocando en los cuarenta
años de edad, todo su continente arrogante, indicaba aquella presunción
irresistible que nace de las propias fuerzas. Siempre intrépido y activo
se había hallado en todas las expediciones del Nuevo Mundo, y en todas se
distinguió, y en todas fue respetable el nombre de Pizarro. El uso que
había hecho de sus fuerzas físicas y morales, lo daba la presunción que
nada había superior a sí mismo y la conquista del imperio del Perú, le
pareciera una empresa muy inferior a sus recursos.
Diego de Almagro, su asociado, era un guerrero endurecido entre las
borrascas y las lides, y siempre sobrio, paciente e infatigable,
despreciaba los peligros, y volaba impávido a la victoria, adornado de las
cortas virtudes del siglo dieciséis. De airoso y esbelto talle, de
facciones redondas y agraciadas, de vivos y rasgados ojos, cortés y
galante, cuando apenas contaba treinta y cuatro años de edad, formaba el
conjunto de una gallarda persona; más remarcable por su destreza en el
manejo de las armas, que por las extraordinarias fuerzas que alcanzara.
Pero por considerable que fuese la fortuna de estos dos soldados, no
bastaba a cubrir las atenciones de la vasta conquista que se meditaban, y
se asociaron también a Fernando Luque, sacerdote codicioso, y
prodigiosamente enriquecido por todos los medios que la superstición
prestaba a su estado en el siglo dieciséis. De cincuenta años de edad,
pequeño y giboso; de nariz larga y aguileña, cejas negras y pobladas, ojos
hundidos, y contraídas facciones, Luque tenía un personal repugnante, y
aun asqueroso. Estos tres célebres hombres formaron una solemne asociación
para la conquista del Perú por partes iguales, encargándose Pizarro y
Almagro de la parte militar, y Luque de la religiosa. Habían entre sí de
dividirse el imperio peruano, y este plan ambicioso fue sellado aun por el
fanatismo, consagrando Luque públicamente una hostia, que se dividía en
tres partes para él y sus compañeros; y una asociación que tenía por
objeto el pillaje y la destrucción, fue ratificada en nombre del Dios de
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