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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.16

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[14]
Cuando los mexicanos dudaron de la victoria, y ya les faltaban
víveres, quisieron salvar a su emperador, y él consentía en ello gustoso
para continuar la guerra en el norte de sus estados. Una parte del
ejército corrió noblemente a la muerte para facilitarle su retirada,
distrayendo y ocupando al enemigo; pero un bergantín se apoderó de la
canoa en que iba el generoso e infortunado monarca. Julián Alderete,
oficial español creyó que Guatimazin tenía ocultos tesoros, y para
obligarlo a declarar lo hizo tender en ascuas. Entonces el héroe americano
repetía aquellas célebres palabras; «¡ha! estoy en un lecho de flores.»
Muerte comparable a todos la que la historia ha trasmitido a la admiración
de los hombres. Si algún día los Mexicanos escriben las actas de sus
mártires, y la historia de sus perseguidores, se verá a Guatimazin sacado
medio muerto de un horno enrojecido, y ahorcado a los tres años
públicamente, bajo pretexto de haber conspirado contra sus destructores.
En los gobiernos despóticos, la muerte, o la prisión del soberano, y
la toma de la capital, arrastra tras sí generalmente la sumisión de todo
el estado. Tal fue la conquista de México. Todo el imperio se sometió a
los españoles, y no llenó su ambición, aunque tenía quinientas leguas de
longitud, y casi doscientas de latitud. Eran precisos nuevos mundos y
nuevos imperios, y otros héroes, y otras victorias, añadieron nuevos
mundos al glorioso trono de Castilla.

- IV -
Pizarro, Luque y Almagro
En cuanto Colón pudo refresca sus cortas tripulaciones en la isla de
Santo Domingo, y establecer una pequeña colonia que le sirviese de punto
avanzado para las grandes excursiones que meditaba, se dio de nuevo a la
vela cediendo a sus instintos. Reconoció en una de sus expediciones el
Orinoco, y en otra la bahía de Honduras. Concibió que aquellos países
formaban un continente, [15] y deducía también que mis allá habría otro
Océano que bañase las playas de las Indias Orientales, y que estos dos
mares tuviesen comunicación entre sí, que el atrevido navegante buscaba
ansioso. Sondeaba las costas, desembarcaba cuando le era posible, y
siempre justo y humano se granjeaba el amor de los habitantes de todo los
países. El istmo de Darién llamó particularmente su atención; siguió los


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