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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.14

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enemigos, quedó prisionero, condenó a muerte a los generales que solo
habían hecho obedecerle, y prestó homenaje al rey de España.
La envidia había suscitado enemigos a Cortés; y Narváez, por orden
del gobierno de Cuba, desembarcó en las costas de Veracruz, con fuerza
armada para despojarle del mando. Cortés buscó a su rival, le derrotó y le
hizo prisionero; y atrayendo a los soldados por su confianza y
magnanimidad, las fuerzas de Narváez engrosaron sus filas, y volvió a
México donde había dejado doscientos hombres guardando al emperador.
Nada tenían los mexicanos de bárbaros, sino en su superstición; pero
sus sacerdotes eran unos monstruos que abusaban horrorosamente del culto
abominable que habían impuesto a la credulidad del pueblo. Reconocían un
Ser supremo, una vida venidera, con sus perlas y sus recompensas, por
estos útiles dogmas de absurdos y de horrores. Esperaban el fin del mundo,
al fin de cada siglo, y aquel año, se abandonaban a todo el alborozo de la
alegría. Invocaban a divinidades titulares e intermediatas; conocían las
expiaciones y penitencias; numeraban milagros y tenían profetas.
Los sacerdotes, siempre antropófagos, ensangrentaban los altares con
víctimas humanas. Inmolaban los prisioneros de guerra en el templo del
Dios de las batallas, y los sacerdotes los comían y mandaban pedazos al
emperador y a los principales señores del imperio. Si las paces duraban
largo tiempo, los sacerdotes decían al emperador que los Dioses se morían
de hambre, y se declaraba la guerra con el solo objeto de hacer
prisioneros que inmolar en las aras. Todas estas ceremonias eran lúgubres
y sangrientas; la religión atroz y terrible lanzaba a los hombres en el
terror, y debía hacerlos inhumanos, y a los sacerdotes todo poderosos.
En cuanto Cortés batió a Narváez, la nobleza
mexicana, indignada de la cautividad de su príncipe, y el celo indiscreto
de los españoles que, en una fiesta pública en honor de los Dioses del
país, derribaron los altares y degollaron a los adoradores y a los
sacerdotes, todo había hecho concitar al pueblo a las armas. No se pudiera
acriminar a los invasores su oposición a tan bárbaros dogmas, sino les
hubieran destruido, arrojándose sobre el pueblo indefenso para degollarlo,
y si no hubiesen asesinado a los nobles para robarlos


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