La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.12
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tinieblas el origen del mal, una influencia inmediata y necesaria en todas
las revoluciones.
Sobre todo, los acontecimientos políticos, como los más interesantes
para el hombre, se han creído de una próxima dependencia de los astros. De
aquí las falsas predicciones y temores reales que han dominado en la
tierra, y que se aumentan y arraigan en proporción de la ignorancia. Estas
enfermedades del espíritu humano se hallaban ya en el Nuevo Mundo, y no se
sabe, por qué tradición se presentía en Santo Domingo, en el Perú y otras
regiones de la América septentrional, que llegarían extranjeros de la
parte del oriente, que desolarían aquellos desgraciados países. No porque
tuviesen noticias de nuestra existencia, sino porque acostumbrados, como
todos los pueblos de la tierra a tender sus primeras miradas a donde nace
el sol, imaginaban que las revoluciones que les amenazaban saldrían
también de aquel punto del globo.
Esta superstición que formaba parte de los dogmas de México, apoyala
por algunos recientes sucesos, bastante singulares, obraban profundamente
en el alma naturalmente inquieta de Motezuma, cuando los castellanos
desembarcaron en sus estados. Lo que él temía en general, y lo que oía
decir en particular de aquellos extranjeros, confundiéndose en su turbado
espíritu, creyó llegado el crítico momento anunciado por los astros a los
profetas de su nación. Mandó diputados para ofrecer a Cortés los socorros
que necesitase, y para suplicarle que saliera de sus posesiones; pero el
jefe de los españoles respondió siempre, que necesitaba ir a hablar al
emperador de parte del soberano del oriente. En vano los emisarios le
amenazaron con el poder colosal del imperio; la obstinación rompió la
lucha, y Cortés quemando los navíos para vencer o morir, marchó hacia
México y halló poca oposición en su carrera.
Llegando a las fronteras de la república de Tlascala, pidió en vano
paso y tuvo que combatir. Los Tlascaltecas eran poderosos y valientes,
volaban impávidos a la muerte; sólo les fallaran armas para vencer...
Dividido el país en muchos cantones, mandaban reyezuelos que llamaban
Caciques: se ponían al frente de sus súbditos en la guerra, imponían
contribuciones, administraban justicia, pero era preciso que sus leyes y
sus edictos se confirmasen por el senado de Tlascala, que, compuesto de
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