La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.10
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contribuyó a la dominación de aquellos imperios, tanto como el terror de
las armas de sus conquistadores. Antes pues, de que nos alejemos a las
playas del Perú, escena de nuestro inmortal protagonista, será preciso
tender una mirada filosófica sobre los primeros continentes de América,
descubiertos por los españoles, y particularmente sobre el colosal imperio
mexicano, conquistado por el siempre inmortal Fernando Hernán Cortés. Los
imperios de México y del Perú, reunían muchos puntos de contacto entre sí
en sus preocupaciones religiosas y en las predicciones de sus profetas: en
uno y otro imperio se esperaban grandes revoluciones que habían de venir
de la parte del oriente, y esta semejanza de profecías resaltará tanto más
a nuestros lectores, cuanto que tuvieron por origen religiones y
sacerdotes, que formaban entre sí la antítesis más espantosa. En México se
adoraba falsos y crueles ídolos, y antropófagos; sus sacerdotes tenían las
santas aras de sangre humana: en el Perú se adoraba a la sublime deidad
del sol, y los sacerdotes le ofrecían en el templo inocentes sacrificios
de los frutos que prodigaba a sus adoradores. ¡0 inexplicables arcanos de
las aberraciones de la razón humana!
Después de la muerte de Colón, los españoles fueron formando
importantes establecimientos en la Jamaica, Puerto Rico y Cuba; y
Francisco Hernández de Córdoba y Juan Grijalva, en 1517 y 1518,
adquirieron extensos conocimientos acerca del imperio mexicano, de su
poder, de su extensión, de sus leyes y costumbres, etc.
La voz pública aclamaba para conquistador de México a Fernando
Cortés, mas conocido entonces por las esperanzas que prometía, que por las
hazañas que contaba. Robusto, vigoroso, elocuente, intrépido, sagaz y
animado de todo el entusiasmo por la gloria, que forma la primera virtud
de los hombres, Cortés tremolaría el estandarte de Castilla sobre las
ruinas del trono de Motezuma. Tan halagüeña perspectiva presentara el
primer héroe de América, si aun mayores crímenes no oscurecieran tanta
gloria. Después de haber superado los obstáculos que le suscitaron
los celos, y el aborrecimiento, se dio al fin a la vela el diez de febrero
de 1519, con 518 soldados, 109 marineros, algunos caballos y alguna
artillería. ¡Tan débil ejército iba a abrir una feroz campaña de tres
siglos! Por cortos gastos que ocasionasen tan reducidas expediciones, nada
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