La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.8
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yaciera en el olvido, y no turbaras las ondas de las tranquilas y lejanas
playas, para verlas después enrojecidas de sangre. Sensible, tierno,
virtuoso, tú fuiste el amor de los sencillos insulares, y el odio de la
corte de Castilla; y tu memoria será cara al Nuevo Mundo, mientras viva en
los pechos el recuerdo de tu virtud.
El celo infatigable de Colón por los descubrimientos, y el incentivo
del oro en los castellanos, les llevó a la isla de Santo Domingo y a otros
continentes de América. En tanto que Colón estuvo al frente de las
tripulaciones, la ambición de los expedicionarios halló un dique
insuperable; pero teniendo que volver a la corte de Castilla, teniendo que
abandonarse a la inmensidad del piélago para nuevos descubrimientos, la
usurpación, el fanatismo, la crueldad, la barbarie, desplegaron su furia
contra los inocentes adoradores del Sol. Los indios, sin mas armas que su
arco y sus flechas de madera, o espinas de pescados, en vano aventuraban
choques con enemigos, cuyas armas, cuya disciplina les daban tantas
ventajas. Mirados como dioses por sus débiles víctimas, antes de combatir
entonaban la victoria, y sus trofeos eran bárbaramente ensangrentados.
Colón empero aterraba a los malvados, y era el ángel protector de los
indios; pero Colón sería el primer guerrero virtuoso que no fuera el
juguete de los cortesanos y que no siguiera al fin las huellas de
Belisario. La calumnia le asestó sus bárbaros tiros, y mandado encadenar
en Santo Domingo, fue conducido a España como el más vil de los
criminales. La corte, avergonzada de proceder tan ignominioso, le puso en
libertad, pero sin vengarle de sus calumniadores, y sin restablecerle en
sus títulos y funciones. ¡Tal fue el fin de este hombre extraordinario! El
reconocimiento público hubiera debido dar al menos a este nuevo
hemisferio, el nombre del atrevido navegante que lo había descubierto; y
fuera el menos homenaje que pudiese tributar a su memoria; pero ya la
envidia, ya la ingratitud, ya los caprichos de la fortuna que así disponen
de la gloria, le arrebataron el don que le habían concedido los destinos,
y se lo tributaron a Florentino Américo Vespucio, que sólo hizo seguir sus
huellas. El primer instante en que la América fue conocida por el resto de
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