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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.7

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Después de una larga navegación, las
tripulaciones, horrorizadas a la inmensa distancia que las separaba de su
patria, empezaron a desconfiar de que llegaran al fin de sus deseos, y
pensaron por muchas veces arrojar a Colón al mar, para volverse a España.
El almirante disimuló cuanto le fue posible, hasta que, viendo ya el
volcán amenazando el horroroso estallido propuso que si en tres días no
descubrían tierra, darían vela para Europa. Afortunadamente antes de los
tres días, en el mes de octubre, se descubrió el Nuevo Mundo. Colón abordó
a la isla de San Salvador, y tomó posesión de ella en nombre de Isabel.
¡Nadie en Europa creía entonces injusto apoderarse de un país no habitado
por cristianos! Los insulares, conturbados a la vista de los navíos, y de
hombres tan diferentes a ellos, huyeron despavoridos a la profundidad de
las selvas. Los españoles pudieron coger algunos, que llenos de caricias y
presentes, volvieron a mandar a sus hordas, y fue lo bastante para
atraerse toda la nación errante.
Entre festivo alborozo los desgraciados habitantes del Nuevo Mundo
corrieron a la playa, y [10] reconocían los navíos y acariciaban a los
europeos. Los europeos al contrario, viendo hombres de color de cobre, sin
barba en su rostro, sin bello en su cuerpo, en la simplicidad de la
naturaleza, les miraron como animales imperfectos, nacidos para su
desprecio, para amarrarlos a la férrea argolla, para venderlos en los
mercados, y condenarlos a una eterna servidumbre.
Los insulares habitando las selvas, buscando los frutos de la
naturaleza y satisfaciendo al pudor con sencillos tejidos, ignoraban el
valor de los metales; y el despreciado cobre, y el oro ansiado, saciaban
igualmente su cándido orgullo; adornaban sus templos, realzaban el
atractivo de sus hermosas. Los invasores tendían en tanto a su alrededor
penetrantes miradas, en busca de preciados metales y de piedras preciosas,
y miraban con sonrisa, a los indios cargados de tesoros en sus adornos, y
allá en su pecho meditaban el crimen y el despojo. ¡Oh, sublime Colón!
jamás mancillará la historia tus virtudes; la ambición del saber, no la
ambición del oro, te inspiró la existencia de otros nuevos continentes; si
hubieras podido abrir el libro de los destinos de los pueblos, América


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