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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.5

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interiores, todo hacía que la agricultura desfalleciera y la riqueza
pública fuese bien escasa. Una guerra desoladora de ocho siglos; una
espantosa emigración, dictada por el fanatismo; los entorpecimientos de
los matrimonios, propios de los derechos feudales, todo contribuía a la
despoblación, y a la escasez de brazos para la cultura de las artes y de
las ciencias.
Tal era el estado político e interior de España, cuando se presentó
Colon ofreciendo a los monarcas castellanos un vasto imperio, cuya
existencia le había inspirado su instinto. Fernando, aun que algún tanto
elevado sobre las ruinas del feudalismo, era un monarca cuyo débil erario
no bastaba a las urgencias interiores; un monarca que no contaba demasiado
con el amor de su pueblo; un monarca en fin, de más pompa y vanidad en su
corte, que de poder para vastas empresas: y absorbida toda su atención en
la derrota de los sarracenos, no era fácil prestara oídos a un hombre
tenido por visionario en toda Europa.
Si tampoco favorecía esta situación política al virtuoso descubridor
del Nuevo Mundo, la ignorancia y fanatismo lo presentaban un escollo casi
insuperable. La infalibilidad del pontífice había excomulgado a los que
creyesen en la existencia de los antípodas; y España, sepultada, como
todas las [9] naciones, en la estupidez y en el terror religioso, no era
fácil, que siguiera el parecer de un hombre obscuro abandonando la
evidencia el Génesis y el Pontífice. Difícil sería investigar la remoción
de tantos obstáculos, sino se recurriera a la ambición de los reyes; pero
la sed ardiente de dominar, y el fausto pomposo de amarrar imperios al
carro de la victoria, que parecía dominar a los reyes católicos, les
hicieron prestar oídos al intrépido Colon, e imponiendo silencio al
Génesis y al Pontífice, se arrojaron al furor de desconocidos mares, en
busca de esclavos y de tesoros.



- II -
Colón
Envanecidos los reyes católicos con las conquistas que diariamente
arrebataban de las manos de los sarracenos; orgullosos de los triunfos que
conseguían sobre sus nobles e infanzones, arrancándoles sus antiguos
derechos feudales, con que engrandecían su poder supremo, tendían
arrogantes su vista al Océano, y fácilmente se persuadían del agradable
delirio que detrás de aquellas movibles montañas de olas, habría también


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