La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.4
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El poder
legislativo estaba en las Cortes, y el rey tenía el ejecutivo muy
limitado. Los tiempos románticos aun no habían acabado enteramente; la
bizarría, la gentileza y el valor, eran el distintivo de los nobles
caballeros, pero el feudalismo gozaba de toda la extensión de su poder;
los señores feudatarios eran los reyes, y los monarcas unas huecas
fantasmas, sin esplendor, y sin aparato. Empero, Fernando, que recogió el
fruto de cuatro mil victorias, supo aprovecharse de las ventajas que le
ofrecía su situación política. De capacidad profunda en la combinación de
sus planes; la actividad, constancia y firmeza para su ejecución, consumó
la obra do la tiranía que lo inspiraba su corazón y lo dictaba su orgullo.
Fernando, que la corte de Roma le llamó el Católico, porque le temía, unas
veces bajo diferentes pretextas, otras con atroces violencias, y muchas
por sentencias de tribunales de justicia, despojó a los barones de una
parte de las tierras que obtuvieron de la inconsiderada generosidad de los
antiguos monarcas, y principalmente de la debilidad y prodigalidad de su
predecesor, Enrique cuarto. Hizo su corte pomposa, e infundía respeto a
los grandes con oropel y con brillo: unió a la corona las poderosas
maestrías de las órdenes de Santiago, Alcántara y Calatrava, y fue
constantemente un tirano sutil para ir robando las libertades al pueblo,
si bien aun su poder era menor que el de otros soberanos de Europa, España
fue libre, hasta la aciaga derrota de los campos de Villalar.
Si tantas ventajas pudieran hacer colosal el trono de Fernando, sus
errores políticos debilitaron empero su poder. El proselitismo, atributo
inseparable de los fanáticos, dominó a Fernando, o dominó a lo menos a su
política. Apenas la enseña de Sión tremoló en los muros de Granada, cuando
un desacertado decreto ordenó a los judíos y mahometanos, derramados por
todas las provincias españolas, que en el término de cuatro meses
recibieran el agua del bautismo, o saliesen de los dominios castellanos.
Pocos se bautizaron, pero ochocientos mil de todos sexos y edades buscaron
en otros climas la tolerancia de sus creencias. Las campiñas devastadas
por la guerra; la propiedad territorial monopolizada en pocas manos; la
corta extensión del comercio, y la poca actividad en las comunicaciones
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