La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.3
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testados hijos de la Libia, y sufrió por ocho siglos el duro y ominoso
yugo sarraceno, perdiendo su libertad, su independencia, y hasta sus
creencias religiosas.
Mas no el león español rugiera por siempre abatido a los pies de sus
opresores; la patria de los héroes alzó su temerosa frente y se estremeció
Damasco. El instinto de la libertad y del amor a la patria, a una con el
fanatismo y la superstición, concitaron a Cueba Donga, a los antiguos
celtíberos y lusitanos, y Pelayo abrió la campaña más obstinada y
sangrienta que jamás pregonar a la historia. [8] Setecientos ochenta años
de combates, y tres mil setecientas batallas, habían arrojado a los
sarracenos de las montañas cantábricas a los montes de Toledo; de los
montes de Toledo a las fragosas sierras de Andalucía; y los habían al fin
reducido a los muros de Granada. A Fernando y a Isabel les guardaban los
destinos la gloria de tremolar el estandarte de la cruz en las almenas de
la Alambra, y al menos por una vez el fanatismo hizo causa común con la
libertad.
A tan atroz campaña hubiera de tener en pie poderosos ejércitos, ni
hubieran formado un sistema de hacienda pública con recursos bastantes
para vastos proyectos. Aunque los reyes de Castilla entraban todos los
años desolando las campiñas de los sarracenos, con cincuenta o setenta mil
hombres, estos ejércitos sólo se componían de vasallos que por otro tiempo
les prestaban los señores feudales, o de fanáticos que por cuarenta días
concitaba, en nombre de Dios, el señor del Vaticano. El ejército francés
de Carlos séptimo fue la primer fuerza permanente que conoció la Europa, y
que preparó la importante revolución de quitar a los nobles la dirección
de la fuerza militar de los Estados. Los reyes con poco poder, su erario
era tan débil, que no podían entrar en gastos ni empresas; y si pedían
socorro a los pueblos, los pueblos se los prestaban con escasez.
Entraron Fernando e Isabel vencedores en Granada el segundo día de
1493; la dominación sarracena en España exhaló el último suspiro, y unida
la corona de Aragón y de Castilla por el matrimonio de esos dos príncipes,
sus dominios eran muy extensos, si bien su poder no era absoluto.
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