La Gran Moral a Eudemo (Aristóteles) - pág.201
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Necesariamente, el azar existe, y necesariamente
es causa de ciertas cosas; y todo lo que debe decirse es que el azar es para ciertas gentes causa de bien o causa de mal.
Si se quiere suprimir completamente la intervención del azar, sosteniendo que nada influye en el mundo, y que, como no vemos a, por real que ella sea, atribuimos al azar el hecho que no podemos comprender, en este caso se puede definir el azar diciendo que es una causa cuyo fundamento se oculta a la razón humana; y, de este modo, se hace de ella, en cierta manera, una verdadera naturaleza. Entonces se suscita una nueva cuestión al tenor de esta hipótesis, y se puede preguntar: ¿si el azar ha favorecido a estos hombres una vez, por qué no ha de decirse que él los ha favorecido también en otra, puesto que han prosperado igualmente? Un mismo éxito debería reconocer una misma causa. El buen éxito, por tanto, no procederá para ellos de la fortuna, sino cuando se repite el mismo éxito en cosas en que los resultados posibles son infinitos o indeterminados. Esto será, sin duda, un bien y un mal; pero no será posible saberlo a causa de aquella misma infinidad, porque si fuera obra de ciencia los hombres aprenderían a ser dichosos, y todas las ciencias, como Sócrtes, decía no serían, en el fondo, más que felices casualidades. ¿Dónde está entonces el obstáculo que impida el que consiga el mismo éxito muchas veces seguidas la misma persona, no porque sea de necesidad, sino porque suceda como cuando se tiene la fortuna de echar siempre los dados del lado favorable? Y bien, ¿no hay en el alma del hombre tendencias que proceden, unas de las reflexión razonada, y otras, que son las primeras de todas, de un instinto sin razón? Si es obra del instinto natural desear lo que place, todo debería entonces conducir naturalmente al bien; si, pues, hay personas que tienen una feliz organización y que son, por ejemplo, naturalmente cantores, sin saber cantar, en la misma forma hay personas que por un favor de la naturaleza triunfan en sus empresas sin el auxilio de la razón. La naturaleza tan sólo los conduce, y, sabiendo desear las cosas que es preciso desear, el momento, las condiciones, el tiempo, el lugar y la manera en que deben desearlas, salen triunfantes por inhábiles que sean y por desprovistos de razón que se hallen; corno podrían hacerlo los
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