La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.296
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La sirvienta me entregó una carta en la que me decían que se habían ido a Limmeridge, y que fuera allí inmediatamente. Marian había prohibido que se me diera ninguna explicación, advirtiendo que no me preocupara.
Aquella misma tarde llegué a Limmeridge.
Para completar mi sorpresa, mi mujer y Marian me esperaban en el saloncito que se me dedicó en los primeros días que yo estuve en aquella casa. Marian estaba sentada en la silla en que yo solía hacerlo, y Laura tenía en sus manos el álbum que yo le había regalado.
-¡Por Dios! -dije al entrar-. ¿Qué significa esto?
Marian me dijo que el señor Fairlie había muerto de un ataqué de parálisis. Lo sabían por el señor Kirlye, quien les pidió, además, que se trasladaran inmediatamente a Limmeridge.
Vi enseguida un cambio en nuestras vidas, pero Laura no me dió tiempo a pensar.
-Querido Walter -me dijo-, ¿verdad que no te enfadas?
-Hablemos del porvenir -dijo Marian. Me mostró al niño y me preguntó con los ojos empañados-: ¿Sabes quién es?
-Nada me priva de reconocer a mi hijo.
-¿Hijo? -exclamó con el buen humor de siempre. Permíteme que haga la presentación de dos ilustres personajes. El señor Walter Hartright, el heredero de Limmeridge.
Sus palabras lo explicaron todo. Dejo mi pluma, porque termina el trabajo de muchos meses. Marian fué nuestro ángel bueno. Que ella concluya la historia.
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