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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.295

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Ojalá no hubiera venido.
-Hasta la tarde no podemos marcharnos. ¿Quiere usted acompañarme?
-No. Continuaré aquí, pero vayámonos pronto.
Tenía la intención de visitar Notre Dame, y al dirigirme a la catedral pasé ante la Morgue. A su puerta se agolpaba la multitud. Algo excitaba la curiosidad popular. De no haber oído una conversación mantenida por un hombre y una mujer, hubiera pisado de largo. Hablaban del cadáver de un hombre muy robusto y con una extraña marca en el brazo. Estas palabras me hicieron ponerme en la fila de los curiosos. No sabía por qué, pero comprendía las palabras del desconocido y de Pesca. Una venganza más poderosa y cruel que la mía habla seguido a un hombre desde el teatro a su refugio de París. En efecto, allí estaba expuesto a la curiosidad del pueblo francés. Allí se había terminado aquella vida consagrada al artificio y al crimen. Su imponente cabeza era majestuosa. Tenía una herida sobre el corazón, que debió ser producida por un puñal. No había otra marca violenta en su cuerpo, excepto en el brazo izquierdo. En el lugar en el que Pesca me había señalado la marca de la Hermandad veíanse dos cortes en forma de T que la cubrían. A su lado estaban sus ropas. Eran las de un obrero francés. Luego he sabido más pormenores.
Se recogió su cadáver en el río, sin saber quién lo había matado. Fácil es comprender que pertenecía a la Hermandad, en la cual había ingresado después de la partida de Pesca a Inglaterra. La T era inicial de la palabra «Traditore». Por medio de un anónimo que recibió la viuda al día siguiente, el muerto fue identificado. La condesa dijo que se le enterrara en el cementerio del Pére Lachaise. Su viuda cuida las flores que decoran su tumba. Supe que se había retirado a Versalles y que se dedicaba a escribir la biografía de su marido. Canta únicamente sus alabanzas, sus virtudes y los honores que se le concedieron.
III
En febrero del nuevo año nació nuestro primer hijo. Al bautizo vinieron mi madre, mi hermana, la señora Vesey y Pesca, aparte de Marian y el señor Gilmore, que fueron los padrinos, éste por representación. La señora Clements asistió a Laura.
Lo único que queda por contar data de la época en que nuestro pequeño Walter cumplió los seis meses. En ese entonces me habían enviado a Irlanda con objeto de ilustrar una obra de la casa en que estaba empleado. Mi viaje duró unos quince días. Durante los tres últimos, no recibí noticia alguna de mi casa, y al volver me encontré, con gran asombro mío, que Laura, Marian y el niño se habían marchado.


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