La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.294
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I. P.»
Volví lo suficientemente temprano para despedirme del señor Kirlye, quien, acompañado de su escribiente y del cochero, regresaba a Londres en el tren de la mañana. Al llegar, me hicieron entrega de una nota del señor Fairlie, preguntándome cuándo pensaba marcharme. Se había desmayado al empezar los hurras.
Le contesté que no pensaba quedarme ni un momento más en aquella casa, y que no temiera vernos ni oírnos. Así volvimos a Tood´s Corner, y al día siguiente, escoltados por una multitud, volvimos a Londres.
II
Poco después, en nuestra nueva situación, recibí noticia de mi amigo el grabador, a quien le habían ofrecido una comisión para París, con objeto de examinar un nuevo perfeccionamiento de la técnica. Mi amigo me propuso a mí. Los honorarios eran espléndidos, pero su negocio le retenía en Londres. Acepté la proposición y me dispuse a marchar al día siguiente. Al dejar de nuevo a Laura en manos de Marian, pensé que estábamos abusando del afecto de mi cuñada, sin que nos preocupara su porvenir. Así se lo dije, manifestándole que era muy joven y que tarde o temprano...
-No hablemos, Walter -me interrumpió-. Nunca tendré otro cariño que él vuestro, y cuando tengáis hijos, lo primero que les enseñaré a decir es: «No queremos que se vaya tía Marian»
A última hora, Pesca se decidió a acompañarme a París. Desde la noche de la Opera estaba de malhumor, y quiso descansar unos días. Al cuarto de mi estancia en la capital de Francia había terminado mi misión, y el día siguiente lo empleé en ver París acompañado de mi amigo.
Nuestro hotel estaba lleno de clientes, y esto hizo que Pesca alquilara una habitación en el piso superior al mío, no pudiendo hacerlo en éste. Por la mañana me dirigí a su habitación, y al entrar en el pasillo vi aquélla abierta y una mano fría y nerviosa apoyada en el picaporte. Oí al profesor decir:
-Recuerdo el nombre, pero no el hombre. Le vi en la Opera, pero estaba muy cambiado. No puedo hacer más que firmar el informe.
-Tampoco es necesario -dijo una segunda voz.
Se abrió la puerta y en el desconocido vi al misterioso caballero del teatro, que se inclinó cortésmente ante mí y a quien pude ver espantosamente pálido, apoyándose luego en la barandilla para bajar.
Pesca estaba acurrucado en un extremo del sofá. Parecía querer evitarme.
-¿Le molesto? -pregunté-. ¿Estaba usted con un amigo?
-No es amigo -me repuso-. Hoy le he visto por primera vez, y Dios quiera que sea la última.
-¿Le ha traído malas noticias?
-Muy malas. Volvamos a Londres, Walter.
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