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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.293

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Se ordenó que se borrara la inscripción de la lápida, y el señor Kirlye, que se quedaba de momento en la casa, se encargó de hacer firmar la circular por el propietario.
Durante el día redacté una breve exposición de los hechos, y arreglados los trámites previos del reconocimiento, el señor Kirlye habló de los intereses de Laura, diciendo que ésta debía pleitear contra su tía y los herederos de su difunto marido. Le dije que tanto mi esposa como yo estábamos dispuestos a renunciar a un dinero que había de recordarnos aquella terrible época.
Así llegó el día en que Laura volvió a pisar la casa de sus padres. Todos los que se hallaban en el comedor esperándonos se levantaron al vernos llegar, y un murmullo de afectuoso interés corrió entre los reunidos. El señor Fairlie tenía el notario a su derecha, y tras él a su mayordomo Luis, con un frasco de sales y un pañuelo perfumado.
Comenzó el acto preguntándole al señor Fairlie, si me encontraba allí con su autorización y si se disponía a aprobar mi intervención. El aludido, apoyándose en el señor Kirlye y en Luis, se levantó y dijo:
-Le ruego que me permitan presentarles al señor Hartright. Él les hablará en mi nombre, por cuanto mis débiles fuerzas no me lo permiten. Por otra parte, esto está terriblemente embrollado. Escúchenle y hagan el menor ruido posible.
Dichas estas palabras se dejó caer en el sillón.
Comencé diciendo que quien se hallaba a mi lado era la legítima hija del difunto Fairlie, y con las pruebas que poseía lo demostré, terminando dando cuenta de la muerte de Sir Percival y de mi matrimonio con Laura.
A continuación, el señor Kirlye, como consejero y notario de la familia, acreditó mis palabras, y hecho esto hice que Laura se levantara, y mostrándola a los reunidos, les dije:
-¿Tienen ustedes algo que decir?
Se levantó uno de los colonos más viejos y gritó: -¡Ella es! ¡Dios la bendiga! Muchachos, tres hurras por la hija del amo.
Los gritos sonaron en mis oídos como música celestial. Las mujeres rodearon a Laura, disputándose el honor de estrechar su mano, y mi esposa se hallaba tan emocionada, que tuve que confiarla a los cuidados de Marian.
A continuación, me hice acompañar al cementerio por algunos de los presentes y el lapidario que habla mandado llamar. En medio de un gran silencio fué borrado el nombre de la lápida. Un gran suspiro de satisfacción salió de todos los pechos en cuanto la operación se hubo efectuado.
Al día siguiente podía leerse: «Ana Catherick. 25 de julio de 1850. R.


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