La Gran Moral a Eudemo (Aristóteles) - pág.151
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Porque saber juzgar con seguro discernimiento cuáles son los bienes verdaderamente grandes y cuáles los de poca importancia es una de las cualidades más dignas de alabanza, y los bienes que realmente deben parecernos grandes son aquellos a que aspira el hombre que está mejor constituido para sentir todo su encanto. Pero la grandeza de alma es la más propia para hacérnoslos apreciar, porque la virtud, en cada caso, sabe discernir siempre con plena certidumbre lo más grande y lo más pequeño; y la grandeza de alma juzga de las cosas como la sabiduría y la virtud misma lo harían. Por consiguiente, todas las virtudes son una consecuencia de la magnanimidad, o la magnanimidad es la consecuencia de todas las virtudes.
Más aún, la tendencia a desdeñar las cosas es, al parecer, uno de los rasgos de la grandeza de alma. Desde luego, no hay virtud que en su clase no inspire al hombre el desprecio de ciertas cosas, hasta de las
muy grandes, cuando son contrarias a la razón. Así, el valor desprecia los mayores peligros, porque el hombre de corazón cree que sería una vergüenza huir, v también que una multitud de enemigos no es siempre temible. El hombre templado desprecia numerosos placeres, y hasta los mayores, y el hombre liberal no desprecia menos las grandes riquezas. Pero lo que hace que el magnánimo experimente más particularmente estos sentimientos es que sólo quiere ocuparse de pocas cosas, y éstas han de ser verdaderamente grandes a sus propios ojos y no a los ajenos. Al hombre que tiene un alma grande más le preocupa la opinión aislada de un solo individuo, que sea hombre de bien, que la de la multitud y del vulgo. Esto es lo que Antifón decía, cuando fue condenado, Agathon, a que le felicitaba por su defensa. En una palabra, el desdén respecto de muchas cosas parece ser el signo propio y principal de la grandeza de alma. Además, en todo lo relativo a los honores a la vida y a la riqueza, de que tan ardientemente preocupados se muestran en general los hombres, el magnánimo sólo se fija en el honor y olvida todo lo demás. Lo único que puede afligirle es verse insultado o a las órdenes de un jefe indigno; su goce más vivo consiste en conservar su honor y obedecer a jefes dignos de mandarle.
Podrá encontrarse en esta conducta cierta contradicción, puesto que de un lado se muestra tan celoso de su honor y de otro tan desdeñoso con la multitud y la pública opinión, cosas que ciertamente no se compadecen; pero es necesario precisar y esclarecer esta cuestión.
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