La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.291
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Al mismo tiempo, fui en busca de dos médicos para obtener un certificado de demencia. Los dos tenían familia y estaban en mala situación económica. No insistamos sobre este particular. Todo este que hacer lo terminé a las cinco.
Cuando llegué, Ana Catherick había muerto. Era día 25 y Lady Glyde llegaba el 26. Me sorprendió saberme atónito, pero era ya tarde para retroceder. El doctor ya habla notificado al registro la defunción. Mi plan tenía ahora un punto débil. Nada podría borrar del registro la fecha del 25 de julio.
A las dos del siguiente día fui a recoger a la verdadera Lady Glyde, dejando en casa a la muerta. En el coche había escondido la ropa de la difunta para revivirla en la viva.
Cuando llegó Lady Glyde había mucha gente en la estación. Apresuradamente recogí el equipaje y nos dirigimos a casa de los Rubelle. A cuantas preguntas me dirigió con respecto a su hermana le contesté diciendo que la vería inmediatamente en mi casa. Pero nos fuimos a la de los Rubelle.
Hice entrar en el salón a la dama y esperé a que la vieran los dos médicos, quienes expidieron inmediatamente el certificado. Precipité los acontecimientos pretextando inquietud por la salud de Marian. Al hablar de esto, Lady Glyde se desmayó. Unas ciertas gotas en agua le dieron una noche tranquila, y a la mañana siguiente se la vistió con las ropas de Ana Catherick. A la tarde del día 27, la señora Rubelle y yo la acompañamos a la casa de salud. Las penalidades que había sufrido la hacían parecerse aún más a Ana Catherick.
A mi regreso a casa, mi mujer y yo preparamos todo lo necesario para el entierro de la falsa Lady Glyde.
Antes de terminar, quiero hacer constar que mi interés por la señorita Halcombe me impidió hacer ingresar de nuevo a su hermana en la casa de salud y no respetar la vida del señor Hartright. Le evitaba nuevos sufrimientos. Con esto, mi trama se vino abajo. He de confesar esto a los cincuenta años, y añadir que Marian Halcombe ha sido la primera y única debilidad del conde Fosco.
Creo, no obstante, que faltan tres preguntas que contestar. Primera: el secreto de la abnegación de mi esposa; segunda, lo que hubiera ocurrido si Ana Catherick no hubiese muerto, y tercera, si mi conducta merece ser censurada.
A la primera he de contestar que se debe todo a mi carácter. En el fondo, no cumple más que con sus deberes conyugales.
A la segunda he de decir que la desventurada niña había ya sufrido bastante. Y la tercera, que nunca he cometido ningún crimen innecesario.
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