La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.290
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De haberlo hecho, mi plan hubiera sido innecesario, el contagio hubiera simplificado la tarea.
Marian triunfó de la enfermedad, y cuando el médico de Londres declaró que ya estaba fuera de peligro y que sólo necesitaba reponerse, comprendí la necesidad de deshacerme del médico, consiguiéndolo gracias a un arrebato de indignación. También, siguiendo mis instrucciones, salieron los criados de la casa. Libre de estorbos, había que aprovechar la oportunidad para llevar a Lady Glyde a Londres, pero esto no podía conseguirse si no se le decía que su hermana estaba ya en la capital. Con este objeto, ocultamos a la maravillosa enferma en uno de los dormitorios del ala deshabitado del castillo. Doy mi palabra de que el traslado no comprometió la salud de mi querida convaleciente.
Mi esposa y yo partirnos al día siguiente para Londres con una carta que Sir Percival me había dado para el director de la casa de salud donde estuvo Ana, anunciándole el regreso de la fugitiva.
Llega el momento de las fechas. Sobreponiéndome a mi natural modestia, y a pesar de ser un soñador, las tengo tan sabidas como si se trataran de números y fuera yo un comerciante. El miércoles, día 24 de julio de 1850, mandé a mi mujer a casa de la señora Clements, con el encargo de ir a buscarla de parte de Lady Glyde. Sin desconfiar, la señora Clements entró en el coche, y con el pretexto de las compras, la abandonó mi esposa. Poco después llegaba yo con un recado para Ana, diciéndole que Lady Glyde quería pasar el día con ella. También esto se consiguió sin dificultad. Durante el caminó, la preparé, demasiado confiado en su falta de temor, un poco insuficientemente. Al entrar en el salón y no ver en él a nadie más que a mi esposa, se asustó. Esto le produjo terribles convulsiones. La gravísima enfermedad cardiaca la ponía en peligro de muerte, y envié en busca del médico más cercano, con objeto de que cuidara a Lady Glyde. Afortunadamente, el doctor era un hombre listo. Presenté a la enferma como una persona de corta inteligencia, y la opinión del médico confirmó la mía. Se comprenderá mi ansiedad de que muriera antes de que Lady Glyde llegara a Londres. Sabía por una carta de Sir Percival que su mujer no abandonaría el castillo hasta el día 26. La enferma pasó una mala noche, pero al día siguiente mejoró un poco. Sabiendo que un día más tarde había de llegar Lady Glyde, encargué el coche con objeto de que a las doce en punto se encontrara en mi casa, para ir a buscarla a la estación. Vi al cochero escribir el encargo en su libro, y marché después a casa de los Rubelle para que todo lo tuvieran preparado.
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