La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.289
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Yo suponía que tarde o temprano Ana Catherick volvería a rondar por el lago, y me aposté decidido a encontrarla. Mis previsiones habían sido ciertas, pero en lugar de Ana apareció la mujer que la acompañaba. Diré tan sólo que la primera vez que vi a Ana estaba dormida, y me maravilló el asombroso parecido que tenia con Lady Glyde. Pero éste me proporcionó el plan, y conmovido por los sufrimientos de aquella desventurada, yo mismo le proporcioné el cordial que había de darle fuerzas para llegar a Londres.
Esto me hace pensar que mi conducta ha sido mal apreciada. Se pretende que he empleado medios químicos contra la pobre Ana y la maravillosa y querida Marian. Nada más falso. Tenía un vivo interés en prolongar la vida de la señorita Halcombe, y esto fué causa de mi intervención con el doctor. Por otra parte, mi opinión se vió confirmada por el médico de Londres. Solamente dos veces he recurrido a la química. La primera, para procurar a mi esposa el tiempo y ocasión de obtener y copiar para nosotros dos cartas de gran interés, y así segunda, para el traslado de Lady Glyde. Afirmo todo esto bajo palabra de honor.
Convencí a la señora Clements que el mejor procedimiento para poner a Ana fuera del alcance de Sir Percival era llevarla a Londres, y así se decidió el día del viaje. Yo instalé a las dos mujeres en el tren. Mi abnegada esposa marchó en el mismo con objeto de asegurarse de sus señas. A su vuelta la acompañó la señora Rubelle, que se instaló en el castillo como enfermera de Marian. Yo marché a Londres a alquilar la casa y a ver a mi hermano político, el señor Fairlie. Hallé la primera en el bosque de Saint John y al segundo en Cumberland. Sabía por el diario de Marian que ésta había escrito una carta al propietario de Limmeridge, proponiéndole que admitiera en su casa a su sobrina mientras se solucionaban sus dificultades matrimoniales. Yo apoyé este plan, ligeramente modificado a causa de los enfermedades. El motivo de mi visita a Limmeridge era obtener una carta del señor Fairlie en la que se consintiera la visita. Pero con objeto de no tener responsabilidades con respecto a su salud, se la invitaba a pasar una noche en casa de su tía, la qué yo acababa de alquilar. Él señor Fairlie no opuso gran resistencia.
A mi vuelta a Blackwater vi que el estúpido tratamiento del médico había convertido la enfermedad de Marian en fiebre tifoidea, poniendo en peligro su preciosa vida. Lady Glyde, preciosa joven con quien nunca he simpatizado, se empeñó en cuidar a su hermana.
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