La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.288
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Ya tendrá usted noticias mías. -Se acercó y me dijo al oído, con un tono de ternura que me extrañó en él-: Quería decirle que he encontrado muy desmejorada a la señorita Halcombe. Le ruego que la cuide, señor Hartright, por lo que más quiera. Su muerte seria para mí un castigo mayor que el que merecen
mis culpas. Me estrechó la mano y el coche partió. Lo contemplaba todavía cuando vi partir en la misma dirección a otro carruaje en el que viajaba el misterioso personaje del teatro de la Opera.
-Según creo -me dijo el señor Rubelle-, continuará hora en esta casa
-Sí -contesté
Y como no quería hablar, cogí los papeles del conde y comencé a leer
RELATO ESCRITO POR ISIDORO OCTAVIO BALTASAR FOSCO, CONDE DEL SACRO ROMANO IMPERIO, GRAN CRUZ DE LA ORDEN DE LA CORONA DE BRONCE, GRAN MAESTRE PERPETUO DE LA LOGIA ROSACRUZ DE LOS MASONES DE MESOPOTAMIA, MIEMBRO HONORARIO DE VARIAS SOCIEDADES EUROPEAS DE MÚSICA, MEDICINA, CIENCIAS Y BENEFICENCIA, ETC., ETC.
Llegué a Inglaterra encargado de una difícil misión política el verano de 1850. Figuraba entre mis agentes el matrimonio Rubelle. Antes de consagrarme a las tareas que me habían sido encomendadas, disponía de algún tiempo, y decidí pasarlo como vacaciones en el castillo de un amigo, cuya esposa era parienta de mi mujer. Con la igualdad de nuestra posición, se robustecía nuestra amistad: los dos necesitábamos dinero. Al llegar al castillo, salió a recibirme esa magnífica criatura a quien siempre llamé señorita Halcombe, pero cuyo nombre, Marian, está grabado en el fondo de mi corazón. ¡Con qué rapidez la amé, como si hubiera tenido veinte años! De haberla conocido antes, hubiese cambiado el rumbo de mi existencia. Pero entonces no podía hacer más que respetarla, y esta es la única acción que recuerdo con verdadero orgullo.
Nada contaré, de la primera parte de nuestra permanencia en Blackwater. Ya consta en el diario de Marian. Lo que he de contar a continuación empieza con la enfermedad de ésta.
La situación era critica. Mi amigo debía enormes sumas y no podías disponer de dinero hasta la muerte de su mujer.
Por, otra parte, tenía ciertas dificultades privadas, que mi delicadeza me impidió investigar. Sabía tan sólo que existía una joven, llamada Ana Catherick, que se hallaba en comunicación con Lady Glyde y que se temía qué el resultado de esta relación fuese un descubrimiento que atrajera la ruina de Sir Percival. El mismo llegó a insinuármelo. Puse toda mi inteligencia en encontrar a aquella mujer. Sabía que se parecía extraordinariamente a Lady Glyde y que había escapado de una casa de salud. Sobre estos dos fundamentos establecí un gigantesco plan.
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