La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.287
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-Las cinco y cuarto -dijo el conde-, el tiempo para dormir un poco. Perdóneme. Llamaré a la condesa, para que usted no se aburra.
No tardó en aparecer la señora, que los temores del conde ponían a mi lado.
-Acompaña al señor Hartright, querida, ya que ha sido tan bondadoso para excusarme.
Se sentó en un sillón y un minuto después dormía como un hombre honrado. La condesa se sentó en otro, cogió un libro y me dijo:
-He oído toda su conversación con el conde. Yo le hubiera a usted partido el corazón.
Y se puso a leer, prescindiendo de mí. El sueño del conde duró una hora justa. Al despertar dijo:
-Me siento maravillosamente. ¿Has terminado ya, querida Leonor? Yo estaré dentro de diez minutos. ¡Ah, Dios mío! ¿Cómo me podré llevar a mis pequeños animales? ¿Quién los mimará cuando su papá se haya ido?
Realmente, era extraño ver a aquel hombre que había cometido un crimen de lesa humanidad preocuparse por el porvenir de unos animalillos.
-Regalaré el loro y los canarios al Zoo de Londres. Mi agente de negocios los entregará.
-Te olvidas de los ratones -replicó la condesa dulcemente.
-No. Las fuerzas tienen un límite, y yo he llegado al de las mías. No puedo separarme de ellos. Viajarán con nosotros. Colócalos en sus jaulas de viaje.
-¡Qué gran ternuras! -dijo la condesa, contemplando admirada a su marido. Y salió con la jaula.
El conde consultó el reloj. El sol iluminaba ya la habitación en que nos encontrábamos. No tardó en aparecer el agente, un extranjero de barba oscura.
-El señor Rubelle, el señor Hartright -dijo el conde presentándonos. Llamó aparte al agente y le dió algunas instrucciones, dejándonos solos a continuación.
El nuevo personaje era, sin duda alguna, un espía extranjero.
Una vez solos, el señor Rubelle me dijo cortésmente que tuviera la bondad de darle las órdenes necesarias para cumplir el encargo que debía llevar a cabo. Dirigí unas líneas a Pesca, autorizándole para que entregara la carta al portador, puse la dirección en el sobre y se lo entregué al señor Rubelle. Hasta que volvió el conde, el agente estuvo a mi lado. El primero, antes de despedir al segundo, leyó las señas de la carta y dijo sombríamente:
-Lo suponía.
Antes de las ocho volvió el señor Rubelle. El conde comprobó la integridad del sobre y quemó la carta con una vela.
-Señor Hartright, cumplo mi palabra -dijo.
Antes de marchar el conde y su señora, me dijo aquél:
-Sígame hasta el portal. He de decirle una última palabra. -Y estando los dos un poco aparte de su señora y del agente, continuó-: Recuerde la tercera condición.
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