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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.283

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El hijo del propietario de la casa me abrió la portezuela del coche. Le dije al cochero que si llegábamos en un cuarto de hora a la dirección que le indicaba habría doble propina. Cuando nos detuvimos ante la casa del conde, daban las once y cuarto en la iglesia. Después de haber despedido al coche, me disponía a llamar a la puerta cuando me encontré con un individuo que tenía la misma intención que yo. A la escasa luz del farol reconocí en el desconocido al caballero de la cicatriz. Creo que el también me reconoció. No dijo nada, y en lugar de detenerse continuó su camino lentamente. En aquel momento no tenía tiempo de pensar si me había seguido o si era casual el encuentro. Sin detenerme a pensar más, escribí en una tarjeta mía: «Asunto importantísimo», y llamé. Me abrió una doncella. Sin decir nada, le entregué la tarjeta, ordenándole: «Entregue esto a su amo». Mi brusca forma de proceder la desconcertó, y no tardó en regresar diciendo que el conde me saludaba atentamente y preguntaba qué se me ofrecía. Le devolví el saludo, diciéndole que no podía tratar más que con él, y el segundo mensaje me franqueó la entrada en la casa.
VII
A la luz de la bujía que llevaba la sirviente vi a una señora salir de una habitación interior. Me dirigió una mirada escrutadora y pasó de largo sin contestar a mi saludo. Comprendí que era la condesa. La doncella me hizo entrar en la habitación que aquélla había dejado y me encontré allí con el conde.
Vestía aún el traje de sociedad, pero el frac estaba sobre una silla. Su limpísima camisa blanca estaba arremangada sobre las muñecas. A un lado velase una maleta. Por la habitación estaban esparcidos libros, papeles y otros objetos. Todo parecía indicar un viaje apresurado. El conde, sentado ante la maleta, se levantó al verme. Me indicó una silla y me dijo:
-Dice usted que tiene importantes asuntos que tratar conmigo. Ignoro cuáles pueden ser.
Su mirada me convenció de que no me había visto en el teatro, y que, por lo tanto, no me reconocía.
-Veo que he tenido suerte encontrándole, porque, según parece, está usted a punto de partir.
-¿Tiene algo que ver esto con su visita?
-En cierto modo.
-¿Sabe usted adónde voy?
-No, pero sí el motivo.
Rápidamente se dirigió a la puerta, la cerró y guardóse la llave en el bolsillo.
-Aunque no nos hayamos visto nunca, usted y yo, señor Hartright, nos conocemos muy bien. Antes de venir, ¿no ha pensado usted que no se puede jugar impunemente conmigo?


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